Coop 25: cambio climático y catástrofe capitalista.

(«El proletario»; N° 19; Enero de 2020 )

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Durante la primera quincena del mes de diciembre se celebró en España la vigésimo quinta reunión de los participantes en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (Coop 25). Como es sabido, esta reunión estaba programada para celebrarse en Chile, pero el clima de tensión social, con movilizaciones masivas en la calle, la policía y el ejército patrullando las ciudades más importantes del país, el toque de queda, las decenas de muertos… aconsejaron a las empresas y los estados participantes trasladar el evento a un lugar más tranquilo. De esta manera Madrid fue elegida como sede sustituta y se puso en marcha un auténtico circo en el que el gobierno local, el autonómico y el nacional, de la mano de las decenas de empresas patrocinadoras, invirtieron decenas de millones de euros para garantizar un acontecimiento a la altura de los ilustres visitantes que se dejaron caer por la capital.

Más allá del show organizado en el recinto ferial de Madrid, en el que tuvieron cabida desde personajes como el pequeño Nicolás hasta los autoproclamados «diputados climáticos» del partido Más Madrid, el lado social de la cumbre estuvo protagonizado por la llegada a Madrid de Greta Thunberg, la jovencísima abanderada de la lucha juvenil contra el cambio climático y, a la vez o precisamente por ello, un icono mediático de primer orden. Thunberg acudió a la cita cruzando el Atlántico en un barco no contaminante y, después, utilizando un tren para llegar desde Lisboa a Madrid y fue recibida en la capital por las autoridades locales y por una inmensa manifestación, mayoritariamente de jóvenes en edad escolar, que rebasó en número de asistentes las previsiones de los convocantes.

Por el lado político institucional tanto como por el social contestatario, los quince días de la Coop en Madrid dieron para mostrar una amplia gama de posiciones respecto al cambio climático, evidenciando que este es un tema sobre el que básicamente todos están de acuerdo. Con todos queremos decir la prensa, la casta política, el mundo empresarial, esa difusa «sociedad civil», etc. los cuales están dispuestos a clamar contra el cambio climático y por la responsabilidad que le incumbe en el mismo a cada ciudadano, sobre cuyas espaldas pesa el ser un contribuyente, activo o pasivo pero siempre culpable, de la degradación progresiva del planeta. En la vertiente institucional, arropados por las empresas patrocinadoras que aprovecharon la ocasión para lanzar una fuerte campaña propagandística en la que se presentaron como adalides de la defensa de la naturaleza, el cambio climático y el problema de las relaciones del ser humano con la naturaleza en general ha sido presentado como se hace con una consigna propagandística, a medio camino entre el lavado de cara por una práctica económica que obviamente empeora el proceso de calentamiento global y una visión ilusoria del remedio a este a través de la cooperación. Por el lado «social», se ha pretendido dar una visión alternativa del problema, planteando que la misma responsabilidad colectiva que machaconamente han repetido estados y empresas durante quince días, podría tomarse como una tarea para el activismo medioambiental.

Para ambas vertientes, el cambio climático es una fantástica oportunidad para lanzar un único mensaje: el problema de la degradación medioambiental afecta a toda la especie humana y, por lo tanto, es toda ella la que debe responder… sin distinción de raza, sexo… ni clase social. Empresas como Endesa, gobiernos como el español o activistas sociales de todo tipo tienen un único objetivo. Unos quieren alcanzarlo precisamente mediante la actividad empresarial adornada con «responsabilidad corporativa», otros mediante límites a estas empresas… pero siempre contando con ellas y con los diferentes estados a los que encomiendan regular su actividad. En pocas palabras, existe un acuerdo absoluto en hacer un llamado «a la población» para movilizarse con el fin de que se introduzcan las reformas políticas y económicas necesarias para frenar el cambio climático.

 

CAPITAL Y RECURSOS LIMITADOS

 

Sobre el plano económico, al igual que sobre los planos político y social, el capitalismo apareció en el escenario de la historia como un «racionalizador». Frente al despilfarro de las clases altas feudales, frente a la ineficiencia de las relaciones de producción que caracterizaban a las formas sociales precapitalistas, el modo de producción capitalista apareció, al menos en la propaganda de sus grandes apologetas, como un sistema que permitía organizar tanto la actividad productiva como los recursos –naturales y humanos- necesarios para ella de la mejor manera posible. La libertad de empresa, de movimiento, de contratación, etc. evitaría que la industria productiva languideciese mientras que aquella improductiva, dedicada únicamente a cubrir las necesidades más superficiales de las clases dominantes feudales, veían satisfechas todas sus exigencias. De la boca de Adam Smith o David Ricardo, tanto como de la de Rosseau o Montesquieu la clase burguesa naciente hizo salir durísimas críticas contra unos sistemas (el feudal, el asiático o el natural) que se consideraban desorganizados e irracionales.

En efecto, si algo caracterizaba a los modos de producción precapitalistas era la falta de provecho que se extraía de los recursos disponibles, el despilfarro de los pocos que se ponían en juego y la incapacidad de alcanzar niveles de vida para la mayor parte de la población que rebasasen el nivel de la subsistencia. Fenómenos característicos del mundo feudal, por ejemplo, fueron las crisis agrarias que extendían el hambre por toda Europa e Inglaterra o la concentración de grandes cantidades de riquezas de tipo suntuario en las manos de las clases dominantes mientras los metales que, como el oro, eran necesarios para el comercio escaseaban. Ante esto, la clase burguesa comercial de las ciudades y los propietarios agrarios del campo con intereses ya de tipo capitalistas, se presentaron ante el resto de clases sociales subalternas del mundo feudal como los defensores de la optimización de los recursos, a través de la cual los males endémicos de la sociedad estamental deberían desaparecer.

Resulta obvio, a más de trescientos años vista, que el triunfo de la burguesía sobre las clases dirigentes feudales y el desarrollo mundial del modo de producción capitalista no ha traído ni el equilibrio, ni el orden, ni la racionalización económica. Si en el mundo feudal grandes masas de población subsistían en economías agrarias de bajísimo rendimiento, si una gran parte de esta población permanecía forzosamente ociosa durante buena parte del año, afrontando el hambre y las enfermedades como un destino de la providencia, el mundo capitalista trajo consigo el fenómeno del desempleo proletario, de la creación de un ejército de reserva industrial de obreros en paro que hoy se ha extendido por todo el planeta. Mientras que la aparición de la industria a gran escala, el desarrollo técnico y científico, la movilización a escala primero nacional y luego mundial de la mano de obra, son efectivamente las bases para una utilización racional de los recursos necesarios para garantizar una existencia digna al conjunto de los seres humanos, el sistema de propiedad capitalista es un escollo insalvable que frustra esta posibilidad.

La burguesía, acabada hace a muchas décadas su fase revolucionaria, se enfrenta ahora al hecho de que tiene que afrontar una situación idéntica a la que afrontaron las clases dominantes feudales: los recursos necesarios para asegurar la existencia de la población se vuelven escasos mientras que la riqueza se acumula en la cúspide de la pirámide social hasta niveles similares a los que disfrutó la antigua nobleza. Y es que, efectivamente, los recursos tanto naturales como humanos, se despilfarran y se agotan: la mano de obra en desempleo crece diariamente, abarcando ya no sólo al clásico ejército de reserva industrial euroamericano, sino también a los inmigrantes de las regiones menos desarrolladas en términos capitalistas del mundo, que acuden a las grandes metrópolis centrales buscando simplemente no morir de hambre, ni ellos ni sus familias; los mismos recursos naturales, que hace apenas unas décadas parecían inacabables, se vuelven ahora, de golpe, finitos y se sitúa su punto crítico en las próximas décadas. Si los niveles de producción de las industrias pesada y ligera alcanzan cada año cotas récords, a la población, convertida mayoritariamente en proletarios, no se le puede garantizar ni siquiera un salario que le permita alcanzar siquiera el nivel de subsistencia, y los recursos naturales no son suficientes. Se invierte cada vez más, para obtener menos. Se sacrifica fuerza de trabajo y recursos naturales, para no obtener nada a cambio. El mundo, ahíto de riqueza capitalista, muere de hambre, sed y sin aire que respirar.

El cambio climático, que hoy está en boca de todos los políticos, periodistas, «activistas sociales», etc. es la confirmación de que el capitalismo únicamente puede garantizar que liquidará a la humanidad si no se acaba antes con él. No porque a sus mandos estén personas malvadas y ávidas de riqueza a las que le falten cualquier tipo de escrúpulos, sino porque su misma naturaleza le fuerza a ser un vector de destrucción. De la misma manera que no puede vivir sin vampirizar la plusvalía que extrae de la mano de obra proletaria, no puede garantizar que la competencia entre empresas, necesitadas siempre de obtener un margen de beneficio que les permita mantenerse a flote por poco tiempo que sea, exija que los recursos naturales disponibles se sacrifiquen a este objetivo. Entiéndase bien, no se trata de que el capitalismo destruya mano de obra proletaria y recursos naturales por igual: la fuente de riqueza de la sociedad capitalista es el trabajo asalariado, sobre cuyas espaldas descansa la producción de mercancías, el beneficio y la ganancia empresarial. La naturaleza, el medio ambiente y los recursos naturales, son factores necesarios en la producción, que se consumen de manera voraz, pero de los que no se obtiene riqueza si no es porque la fuerza de trabajo proletaria los modifica transformándolos en mercancías y capitales. Ante el incremento de la competencia entre empresas, la reducción de la tasa de beneficio que estas obtienen, etc. su reacción es aumentar la explotación de la mano de obra en forma de incremento de la producción en relación al trabajo invertido en ella y, para ello, requieren un consumo de recursos naturales cada vez mayor ya sea en forma de materia prima, ya en forma de degradación del medio resultante de la intensificación del proceso productivo.

 

EL CAMBIO CLIMÁTICO Y EL PROBLEMA DE LA TIERRA

 

 Se destruye la mano de obra reduciendo, en general, su nivel de vida por debajo de los niveles de subsistencia tanto por la sobreexplotación de aquella que está empleada en el proceso productivo como por la infrautilización de aquella que queda al margen de este. Se destruye el medio ambiente por el abuso de los recursos naturales necesarios para el proceso productivo. Pero esta destrucción de los recursos naturales, tiene otro aspecto al que es necesario atender.

Mientras que la explotación de la mano de obra ha demostrado poder extenderse casitodo lo necesario para mantener los niveles de beneficio requeridos por la reproducción del capital, no porque se pueda explotar a masas de proletarios cada vez mayores (algo que tiene su límite en el hecho de que la población humana a la que proletarizar y explotar es necesariamente finita) sino porque los desarrollos técnicos y científicos han supuesto para el capital  la capacidad de incrementar la productividad del trabajo cada vez más, los recursos naturales son susceptibles de ser incrementados mediante la aplicación de los conocimientos científicos que se poseen sólo dentro de un pequeño margen. Las selvas se agotan mucho antes que la fuerza de trabajo y con ellas el aire respirable. La atmósfera, entendida como un receptáculo de las emisiones de gases de efecto invernadero que genera la gran industria, tiene una capacidad limitada. Y así un largo etcétera que implica que mientras que las grandes empresas capitalistas tienen interés en incrementar la explotación proletaria mediante la captación de una cantidad de fuerza de trabajo mayor mediante el desarrollo tecnológico, es decir, utilizando cada vez menos proletarios pero de manera más intensa, por otro lado necesitan apropiarse de la mayor cantidad de recursos naturales disponibles colocándolos bajo su propiedad. Explotación intensiva frente a apropiación extensiva. Simplificando hasta el extremo puede decirse que el trabajo, idealmente, podría explotarse con una intensidad tendiente a infinito mientras que los recursos naturales tendrían un límite bien claro.

Esto implica que el peso del trabajo en la producción capitalista se refleja en la producción de mercancías por dos vías: determinando tanto la cantidad del precio de estas que es necesaria para reinvertir en mano de obra proletaria garantizando su supervivencia y marcando el nivel de plusvalía (base del beneficio) extraíble de la producción. Por lo tanto, las empresas pueden competir entre sí incrementando la explotación de la mano de obra para reducir el precio de las mercancías producidas y darles salida en el mercado en detrimento de las mercancías producidas por sus competidores. Así, puede incluso incrementarse la plusvalía extraída mientras que descienden los precios.

Pero con los recursos naturales no sucede lo mismo: el consumo de estos necesario para la producción pasa al precio de la mercancía incrementándolo de manera inevitable. Puede optimizarse su uso, pero no incrementarse su rendimiento de manera exponencial como sucede con la fuerza de trabajo asalariada y por lo tanto, la utilización de estos recursos en la producción se traslada de manera prácticamente proporcional al precio. Si a esto le sumamos que los recursos naturales son finitos y no se conoce manera de incrementar el total existente, que por lo tanto y de acuerdo a una ley de la oferta y la demanda muy elemental a medida que estos recursos se agotan su precio sube, tenemos que la destrucción de estos recursos naturales por su sobreexplotación tiene un peso «anti económico», es decir, incrementa los precios finales de las mercancías y capitales, reduce el margen de beneficio de las industrias productivas, etc. Pero, para los poseedores de estos recursos, su destrucción es rentable: cuanto menos existan más valdrán los que aún lo hacen. La lucha, por lo tanto, se desarrolla por acaparar la propiedad de los recursos naturales. Las grandes empresas que los controlan a través de la acción de sus Estados, no ven disminuir sus beneficios. Es más, obtienen ventajas en la competición porque pueden evitar los incrementos del precio de los productos que se derivan de la escasez de las materias primas que son los recursos naturales. Si tenemos en cuenta que en el capitalismo imperialista los grandes trust empresariales, el capital financiero, etc. han ensamblado las diferentes fases de la producción en grandes consorcios productores, vemos que el incremento del precio de las materias primas, es decir, la destrucción de los recursos naturales, implica una fuente extraordinaria de renta para precisamente para las empresas dedicadas a la producción que requieren estos recursos. Una cadena une, ininterrumpidamente, a la industria metalúrgica americana con la extracción de materias primas por todo el globo. A medida que el precio de estas aumenta, el control de las mismas por parte de la industria americana se convierte en una fuente de rentas extraordinaria para esta en tanto le permite competir en términos más ventajosos que sus rivales.

En el caso del cambio climático, para observar esta relación basta con invertir los términos. Aquí el recurso natural – materia prima es el propio medio ambiente, que soporta una cantidad de producción limitada en tanto esta lo destruye. La capacidad técnica para producir más que los rivales implica capacidad para nutrirse del recurso limitado agotándolo. A esto se suma la capacidad de imponer leyes nacionales e internacionales que garanticen una cuota fija de este recurso, por ejemplo con los acuerdos de Kioto, en función de la potencia industrial de un país, es decir, de reservar para su industria nacional una parte lo más grande posible de los recursos naturales, en este caso la atmósfera. La capacidad de utilizar este recurso natural lo vuelve escaso y, por lo tanto, constituye una fuente de renta. Las leyes tendentes a reducir el nivel de emisiones de cada país, buscan evitar monopolios y la concentración de rentas en unas pocas manos, pero la fuerza de los hechos, el poder económico, político y militar, de las principales potencias imperialistas garantiza que sean las grandes potencias imperialistas las que controlen este recurso. A media que la atmósfera, la capacidad de contaminarla, se vuelve más y más limitada, el beneficio resultante de poder hacerlo es mayor. El sentido anti económico inicial se ha revertido, hay un beneficio extraordinario resultante de monopolizar el recurso escaso (y el monopolio se incrementa con la escasez).

Este breve resumen, con el que no pretendemos agotar el tema, tiene como objetivo centrarlo: el problema del cambio climático, como en general el de cualquier recurso natural limitado, debe explicarse, en términos económicos, desde la teoría de la renta de la tierra. No constituye ningún caso especial ni hay manera de distinguirlo de los términos generales en los que este problema se estudió tanto por David Ricardo como por Marx. Por lo tanto, no supone un problema económico extra capitalista, puede abordarse con las mismas normas de estudio que se utiliza para el conjunto del modo de producción moderno y, por ello, lleva a las mismas consecuencias, tanto desde el punto de vista crítico como del de la acción social, que el análisis de cualquier otra variante del mismo. De hecho, todas las cuestiones accesorias que aparecen en torno al debate sobre el cambio climático y el calentamiento global, como lo son la del supuesto exceso de población, de la liquidación de las bases agrícolas de la humanidad, etc. ya no es que puedan remitirse al problema de la tierra en la visión marxista de manera general, sino que han sido tratados de manera explícita en muchas ocasiones por el mismo Marx, por ejemplo en su crítica a los postulados malthusianos.

 

REFORMISMO CLIMÁTICO

 

La burguesía revolucionaria llevó en su programa la supresión del caos económico feudal y la liberación de las fuerzas productivas que debía suponer el fin de la esclavitud humana a los designios de la nobleza, la monarquía y la Iglesia. Su incapacidad para llevar estas tareas a cabo como consecuencia de la naturaleza del modo de producción capitalista sobre cuyo desarrollo sustentaba su propia existencia como clase, dio paso no sólo al movimiento de la clase proletaria que, desde sus inicios durante las mismas revoluciones burguesas del siglo XIX, realizó, en la teoría y en la práctica, la crítica a la economía política burguesa, sino también al surgimiento de determinadas corrientes políticas que constataban que la lucha entre clases derivada de la explotación económica y la opresión política se recrudecía con la extensión del capitalismo y que proponían mejoras a este capaces de limar sus excesos.

Estas corrientes, expresión del desasosiego de las clases medias que veían atacadas sus condiciones de existencia tradicionales por el desarrollo de la industria moderna, la concentración de la propiedad privada en unas pocas manos y el desarrollo de la clase proletaria, afirmaban que, sobre la base del mismo modo de producción capitalista, podía desarrollarse un conjunto de reformas que garantizase su desarrollo armonioso.

La base del programa político y económico de estas corrientes reformistas ha sido siempre la llamada a la colaboración entre las clases sociales: la burguesía debía ceder parte del poder conquistado, disfrutando siempre del predominio social sobre el resto de clases. El proletariado, por su parte, debía cumplir con su función social aspirando a cambio a las mejoras que gradualmente se le pudiesen otorgar. Esta posición buscaba evitar la catástrofe capitalista, las consecuencias del modo de producción basado en la apropiación privada de la riqueza social, que desde las guerras entre países hasta las hecatombes naturales siempre han estado en el horizonte del mundo burgués.

Mientras que para la clase proletaria, tal y como afirma el marxismo desde 1.848, la catástrofe capitalista es la confirmación de la necesidad de la lucha de clase, la posibilidad de deshacerse de la clase burguesa e imponer su dictadura como vía para acabar con el modo de producción capitalista, para las corrientes reformistas que han logrado hacerse fuertes en su seno y dominarla políticamente, esta misma catástrofe puede y debe ser evitada mediante la colaboración entre clases. Sin entrar en una exposición pormenorizada de esta política de colaboración, que por otro lado realizamos continuamente en nuestra prensa de partido y en los trabajos históricos de nuestra corriente, basta recordar la posición que las corrientes reformistas y oportunistas han tomado históricamente, por ejemplo, ante la guerra imperialista en la cual veían no la consecuencia natural del enfrentamiento entre potencias rivales sino un exceso eliminable del capitalismo ante el cual, llegado el caso, la clase proletaria debía permanecer pasiva limitándose a apoyar a su burguesía y con ella a su país y a su economía nacional. El caos que engendra el modo de producción capitalista expresa la debilidad de la propia clase burguesa dominante, incapaz de gobernar sin recurrir a esfuerzos sobrehumanos las fuerzas productivas que se rebelan contra el marco jurídico nacional que las contiene. El marxismo, la ciencia que estudia las condiciones de emancipación del proletariado, siempre ha afirmado que es este caos, esta catástrofe inevitable, la que marcará la llamada a la guerra social y, precisamente contra esta doctrina, el reformismo siempre ha llamado a evitar la lucha en el momento en el que las condiciones sociales son más propicias para ello.

Es por ello que las corrientes reformistas actuales, frente a problemas como el cambio climático, enarbolan la misma bandera de la colaboración entre clases. Si el modo de producción capitalista, que no puede comportarse de otra manera que destruyendo los medios de vida naturales que permiten la vida humana en el planeta, va a padecer las consecuencias de su naturaleza anti humana, va a padecer el fin de los recursos naturales y  con él el agravamiento de sus dificultades para mantener el ciclo de reproducción del capital en los términos que hemos expuesto más arriba, las corrientes reformistas que se auto definen ecologistas, ecosocialistas, etc. llaman a mantener un frente unido entre la clase proletaria que conforma la mayor parte de la población y la burguesía, sus empresas y sus estados para evitar el «mal común».

Se habla de las inmensos flujos de «refugiados climáticos» que deberán salir de las regiones del mundo más golpeadas por el calentamiento global y, en lugar de ver en ello la conformación de un ejército de desheredados que golpearán la paz social que existe en los grandes centros del capitalismo mundial… hablan de frenar la catástrofe humanitaria.

Se enfrentan a una dificultad creciente para que las empresas accedan a los recursos naturales que permiten la producción de mercancías y capitales, viendo mermada su tasa de beneficio y, en lugar de ver en ello las facilidades objetivas que puede suponer este hecho para la reanudación de la lucha de clase a gran escala, lanzan planes de inversión millonarios, como los que ha puesto la misma Alemania en marcha, para salvar la crisis inminente.

Programas de recuperación económica como el Green New Deal, que recuerda incluso en su nombre al gran flujo de inversión que la burguesía americana puso en marcha para salir de la crisis de 1.929 y que únicamente logró acelerar el paso a la IIª Guerra Mundial, tienen una única misión: hacer sostenible para la burguesía la explotación de la clase proletaria en los términos en los que existe ahora mismo.  Ayudar a sortear el dique natural en el que se cree pueda encallar el modo de producción capitalista.

Pese a lo que afirma  este reformismo moderno, pero que conserva la esencia de sus antecesores, la clase proletaria va a sufrir el peso de la degradación del medio natural sobre sus espaldas. La llamada «crisis ecológica» no se repartirá a partes iguales entre burgueses y proletarios. Serán estos últimos quienes padezcan la contaminación de la atmósfera, la falta de vida natural, las consecuencias del calentamiento del clima… con más intensidad, como corresponde a la clase subalterna de la sociedad. Los programas de mejora y reactivación del capitalismo ante esta llamada crisis, únicamente deben producirle terror: no sólo se le exige que padezca las consecuencias de la devastación medioambiental que provoca el capitalismo sino que también se le pide que se haga cargo de la reactivación económica con su fuerza de trabajo.

La incompatibilidad del capitalismo ya no con una existencia más o menos soportable, sino con la propia vida humana la padece la clase proletaria desde su aparición en la historia. Frente a ella ha levantado su programa revolucionario, su propia doctrina política y económica, el marxismo, y se ha sublevado en repetidas ocasiones. Ante las futuras pruebas que este sistema de muerte y destrucción que es el modo de producción capitalista, la clase proletaria deberá volver al terreno de la lucha de clase, reencontrarse con su tradición histórica de lucha anti burguesa, con los medios y métodos para llevar este a cabo. Sólo ella, la clase revolucionaria de la sociedad, tiene en sus manos la posibilidad de acabar con la nocividad de la vida en el mundo burgués, acabando con este mismo mundo.

 

 

Partido comunista internacional

www.pcint.org

 

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