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Partido y clase

 

1. Partido y clase en la doctrina marxista

 

 

( Textos del partido N° 2, Marzo de 2017,  A5, 42 páginas )  

 


 

sumario

 

---Nota preliminar

---Prefacio (Del prefacio de la edición en español de 1974)

--Tesis sobre el papel del partido comunista en la revolución proletaria (Resolución del IIº Congreso de la Internacional Comunista, 1920)

---Partido y clase (De Rassegna Comunista, año I, nº 2 del 15 de abril de 1921)

---Partido y acción de clase (De Rassegna Comunista, n°4, 31 de mayo 1921)

 


 

Nota preliminar

 

Con este primer opúsculo republicamos en castellano los textos fundamentales sobre la gran y central cuestión: Partido y clase. Estos textos habían aparecido ya en 1.974 en un único volumen (el nº 2 de la serie «Los textos del Partido Comunista Internacional») titulado Partido y Clase, volumen que se agotó ya hace mucho tiempo.

Para que su disponibilidad sea más inmediata y práctica, los hemos reunido por temas, subdividiéndolos en tres opúsculos:

 

1. Partido y clase en la doctrina marxista, compuesto por:

-Tesis sobre el papel del partido comunista en la revolución proletaria, Internacional Comunista, II Congreso 1.920;

-Partido y clase (Partido Comunista de Italia, abril de 1.921);

-Partido y acción de clase (Partido comunista de Italia, mayo de 1.921)

2. Partido de clase y dictadura proletaria, compuesto por:

-Dictadura proletaria y partido de clase (Partido Comunista Internacionalista, 1.951);

-Teoría y acción en la doctrina marxista (Resumen de la Reunión de Roma del 1 de abril de 1951) (Partido Comunista Internacionalista, 1.951) - I. La inversión de la praxis en la teoría marxista - II. Partido revolucionario y acción económica - Apéndice;

-El Programa revolucionario inmediato (Partido Comunista Internacionalista, 1.952)

3. Fuerza, violencia, dictadura en la lucha de clase, compuesto por:

-Fuerza, violencia, dictadura en la lucha de clase (Partido comunista internacionalista, 1.946-48);

-El principio democrático (Partido Comunista de Italia, 1.921);

-Invariancia histórica del marxismo (Partido Comunista Internacionalista, 1.952)

 


 

Prefacio

(Del prefacio de la edición en español de 1974)

 

Se encontrarán en este primer opúsculo las «Tesis sobre el papel del Partido Comunista en la revolución proletaria» aprobadas en el II Congreso de la III Internacional, en 1920, acompañadas de nuestros comentarios, así como de dos textos de la Izquierda Comunista «italiana» (1) sobre el mismo tema, publicados en 1921 cuando todo el Partido Comunista de Italia estaba alineado sobre nuestras posiciones Partido y clase y Partido y acción de clase.

La perfecta concordancia de estos textos - declaraciones y armas de lucha - salta a la vista, aun para quien ignora que el representante de la Izquierda italiana trajo al IIº Congreso de la Internacional Comunista la adhesión incondicional de su corriente.

Estos textos tienen en común la afirmación del papel primordial del Partido, no solo en la preparación y en la realización de la conquista revolucionaria del poder, sino también en el ejercicio de la dictadura proletaria - puesto que la guerra entre las clases, en lugar de atenuarse después de la revolución, se agudiza y se extiende a escala mundial.

Todos ellos condenan las corrientes de diferentes orígenes y naturaleza que - como veremos más adelante - niegan ese papel. Por esta condenación, la Izquierda italiana se sitúa en la línea de las luchas de Marx y Engels contra el proudhonismo y contra su heredero, el bakuninismo, expresiones típicas y recurrentes de esas bastardas «semiclases» que obran directamente en sentido contrario al devenir histórico objetivo del modo de producción capitalista y, por consiguiente, a las exigencias de su superación revolucionaria.

Todos ellos reconocen - de acuerdo con la definición de la naturaleza y del papel del partido - la necesidad de una rígida centralización, y rechazan tanto la autonomía de las organizaciones locales del Partido mismo como la pretensión de las formas inmediatas del movimiento obrero (sindicatos, consejos de fábrica, cooperativas, etc.) a la neutralidad política, es decir, a la «independencia de cualquier partido político».

Sin embargo, los textos de la Izquierda van más lejos en la definición de las nociones de Partido y de Clase y, paralelamente, de las tareas del Partido como guía organizada de la clase.

Por de pronto, tomando una fórmula lapidaria del Manifiesto del Partido Comunista, ellos afirman y desarrollan el concepto de que la clase existe verdaderamente como tal solo cuando ha dado nacimiento al Partido, es decir, cuando de simple agregado estadístico de individuos mancomunados por la identidad o por la analogía de sus posiciones en el proceso productivo, se ha vuelto una fuerza unitaria tendente hacia un objetivo final y consciente de la vía histórica que conduce a él sólo en cuanto ha expresado en su seno el Partido: «organización del proletariado en clase - dice el Manifiesto - y por tanto en partido político».  Algunos meses antes del II Congreso mundial, la Fracción Comunista Abstencionista del Partido Socialista Italiano (2) condensaba este concepto en la fórmula siguiente: «La lucha revolucionaria decisiva del proletariado directa contra el Estado burgués (…) es el conflicto de toda la clase proletaria contra toda la clase burguesa. Su instrumento es el partido político de clase, el Partido Comunista, que realiza la organización consciente de esa vanguardia del proletariado que ha comprendido la necesidad de unificar su propia acción, en el espacio, por encima de los intereses particulares de grupos, categorías o nacionalidades, y en el tiempo, subordinando al resultado final de la lucha las conquistas y ventajas parciales que no golpean la esencia de la estructura burguesa. Así pues, es solo la organización en partido político la que realiza la constitución del proletariado en clase que lucha por su propia emancipación», o podríamos añadir con Marx, en «clase no ya para el capital, sino para sí» (Miseria de la Filosofía).

En este sentido, el mismo que el de los Bolcheviques, la Izquierda prefirió desde esa época definir el partido no como una «parte» (aun de vanguardia) de la clase obrera, sino como un «órgano» de ésta: esta definición es mucho más satisfactoria, pues no se presta a una interpretación estadística del partido, y lo caracteriza como una fuerza que sintetiza los innumerables impulsos revolucionarios suscitados por las condiciones materiales de vida de la fuerza de trabajo en la sociedad capitalista, y como la forma real de la constitución del proletariado en clase, y después en clase dominante, a través de la toma del poder  y del ejercicio de la dictadura sobre la clase vencida.

No se trataba de escrúpulos académicos ni de sutilezas terminológicas. La importancia de la distinción no apareció en la época, cuando toda la Internacional formaba un frente homogéneo de batalla teórica y práctica, sino solo más tarde, cuando el reflujo de la ola revolucionaria mundial y con el oportunismo que empezaba a infiltrarse en el estado mayor internacional de la revolución comunista, la potente construcción de las Tesis sobre la función del Partido fue atacada. Al principio se pretendió que, como «parte» de la clase obrera, el partido no estaría ya definido por su trayectoria histórica - es decir, por su programa, su estrategia, su visión de los problemas tácticos y organizativos - sino por su composición social «proletaria», en el sentido mecánico y estático del término (3); y después se decretó que, como «parte», el Partido debía adaptarse a los cambios del «todo», a las reacciones contingentes del proletariado a las vicisitudes de la lucha de clases, abandonando así, poco a poco, sus posiciones de principio. Se recayó pues, por un lado, en la concepción «industrialista» que las Tesis de 1920 habían condenado al rechazar la fórmula del «partido que debe asumir un carácter proletario», y, por otro lado, en la subordinación del Partido a la verdadera o presunta «voluntad de la masa», aun si estuviese influenciada temporariamente en un sentido reaccionario por situaciones negativas, cuando las Tesis de 1920 había revelado en esa política el origen de la capitulación de los partidos de la IIª Internacional frente al enemigo de clase y a su guerra imperialista.

Reiteremos que este no era el pensamiento de Lenin y de la gloriosa vieja guardia bolchevique, lo que puede verse en cada línea de las Tesis, pero la insistencia puesta por la Izquierda en exigir que los conceptos teóricos como las consignas prácticas sean definidos con la mayor claridad (aunque se corriese el riesgo de un cierto esquematismo) para evitar todo equívoco y toda deformación, pone de relieve otro punto que ella reivindica constantemente en el seno de la Internacional: las fórmulas utilizadas por el Partido no son medios «neutros» ni «indiferentes», sino fuerzas reales que condicionan al propio Partido pueden ser un coeficiente de la dirección exacta, o bien, el caso contrario, pueden ser un factor de su alejamiento del programa, de los intereses generales de la clase y, por consiguiente, de su papel histórico.

Las tesis de 1920 han definido ese papel distinguiendo la forma-partido de las otras formas, necesarias pero subordinadas, del movimiento obrero, en el sentido que el partido posee la conciencia de la misión histórica del proletariado y la «visión general» del camino que éste deberá recorrer, más allá de las vicisitudes diversas, y a menudo contradictorias, de una lucha gigantesca. De esa concepción, las Tesis han hecho derivar un conjunto de reglas de organización fundadas -con el acuerdo total de la Izquierda- sobre criterios de la máxima centralización del aparato de partido. Era necesario definir esas reglas y codificar esos criterios; pero, para la Izquierda, no bastaba con esto para «darnos el partido del que tenemos necesidad». La centralización y la disciplina no son más que la otra cara de la unicidad y de la invariancia del programa: la Izquierda se ha batido durante años para que la teoría y el programa del Partido mundial del proletariado sean establecidos de manera unívoca e inmutable, y para que se codifiquen las grandes eventualidades tácticas de las cuales el Partido debe poseer la noción de antemano (4), y cuya solución, conocida por todos y obligatoria para todos, no puede ni debe ser dejada al azar ni a la arbitrariedad de «opciones» nacionales, locales, contingentes o personales. El respeto del vínculo dialéctico entre centro y periferia, entre dirigentes y «militantes de base», entre generaciones pasadas, presentes y futuras del movimiento comunista, entre la Internacional y las secciones «nacionales», es la clave de una centralización y de una disciplina que no son mecánicas ni exteriores, sino que representan la expresión viva de una fuerza real, la del partido, que se mueve como una bloque único hacia un objetivo único (5).

Aflojad las mallas del programa, dejad la puerta abierta a la «opción» local de los medios tácticos, haced depender la conquista de la necesaria influencia del partido sobre las más amplias capas de la clase obrera de la utilización de expedientes «imprevistos» y no perfectamente acordes con los objetivos estratégicos del movimiento (como se empezó a hacer en 1922, y cómo la Izquierda supo presentir el peligro ya en 1921), y habréis destruido la base misma de una centralización auténtica y de una verdadera disciplina. Dad todavía un paso más y no os quedará -para reunir a los miembros esparcidos de un partido mundial que no es ya homogéneo desde el punto de vista programático y táctico- más que aplicar de manera formal y exterior una disciplina «burocrática», fundada sobre las sanciones materiales de un aparato de estado represivo: no tendréis ya más disciplina, sino el terror disciplinario sobre el partido; ni centralización, sino el régimen estaliniano.

Para dirigir la revolución proletaria, lo que es necesario no es un partido cualquiera, cuya estricta disciplina lo hace disponible para cualquier causa, sino un partido centralizado y disciplinado, en el centro y en la periferia, en el respeto, la defensa y la ejecución de un plan de lucha previsto y codificado. Trotsky no decía otra cosa en sus Lecciones de la Comuna de París (1920): «Sólo con la ayuda de un partido que se apoya sobre todo su pasado histórico, que prevé teóricamente  el curso del desarrollo y todas las etapas sucesivas, y que saca de ellas la forma de acción más correcta en cada momento dado, sólo con la ayuda de un partido parecido el proletariado puede liberarse de la necesidad de volver a empezar siempre su misma historia, sus mismas vacilaciones, sus mismas indecisiones y sus mismos errores». Esta capacidad de previsión, que condiciona la de apuntar al blanco en todo momento, sin vacilaciones, sin tanteos, sin recaer en los errores pasados -y por lo tanto con el máximo de centralización y disciplina - había hecho la gran fuerza del Partido ruso. Incumbió a la Izquierda recordárselo a los propios bolcheviques.

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Las tesis fundamentales de 1920, elaboradas para distinguir con la mayor claridad la posición comunista, frente a todos esos problemas, de la actitud de los revisionistas, tanto de derecha (reformistas socialdemócratas y laboristas) como de izquierda (sindicalistas revolucionarios y anarquistas) guardan toda su importancia histórica, y tanto más hoy cuanto que el oportunismo pequeñoburgués ha invadido por todas partes. Arma de lucha, instrumento de polémica teórica y de combate político, las Tesis de 1920 se sitúan completamente en la línea de la gran tradición marxista, como demostraremos en seguida.

Un año después de la demolición el proudhonismo -matriz común a todas las variantes ulteriores del socialismo pequeñoburgués y gradualista- el Manifiesto de 1848, antes de hacer en su última sección una crítica detallada de todas las «escuelas» y tendencias aberrantes, vuelve a trazar en una síntesis grandiosa las etapas sucesivas que el proletariado recorre dialécticamente en el camino atormentado de su organización en clase: desde el estadio en que «los trabajadores forman una masa diseminada a través de todo el país y desmenuzada por la competencia», hasta aquel en el cual «el resultado verdadero de sus luchas» (en cuanto se distingue de su «éxito inmediato») es el de «centralizar las numerosas luchas locales con idéntico carácter en una lucha nacional (y después «internacional»), en una lucha de clase»; por consiguiente, desde las luchas económicas y las agitaciones inmediatas hasta la lucha de clase abierta («toda lucha de clases es una lucha política») y luego a «la organización del proletariado en clase y por lo tanto en partido político».

Ya se ve claramente que la línea que va del Manifiesto de 1848 a las Tesis de 1920 es una línea ininterrumpida: condena de todo individualismo y de todo localismo, como de todo apoliticismo y apartidismo, afirmación de que el proletariado obra realmente como clase histórica sólo cuando se constituye en partido político.

Es notorio que el Manifiesto no habla de «dictadura», aunque la idea esté implícitamente contenida en la fórmula de «clase dominante», lo que presupone una clase «dominada», y en la de «intervenciones despóticas en el derecho de propiedad y en las relaciones de producción burgueses», a las cuales deberá recurrir el poder político del proletariado victorioso como «medio para revolucionar todo el modo de producción», aun si, al principio, esas medidas pueden «parecer económicamente insuficientes e insostenibles». El principio de la «dictadura del proletariado» se precisa en el curso de las grandes batallas de 1848-1849 y de los años siguientes (6). Aun antes de la famosa carta a Weydemeyer de 1852, retomada por Lenin en El Estado y la Revolución como clave de bóveda de la doctrina marxista del Estado, el estatuto de la Liga de los Comunistas redactado por Marx en abril de 1850 contiene en su primer artículo esta fórmula lapidaria: el objetivo de la Liga es «el abatimiento de todas las clases privilegiadas, la sumisión de estas clases a la dictadura de los proletarios, por la cual la revolución es mantenida en permanencia hasta la realización del comunismo», fórmula que contiene los dos conceptos inseparables de la necesidad de la toma violenta y dictatorial del poder, no como punto de llegada sino como punto de partida de una lucha de clase cada vez más vasta y extensa en el espacio y en el tiempo, y, por lo tanto, la necesidad de un órgano de centralización y de guía: el Partido político (7).

Verdad es que  el segundo concepto no está formulado explícitamente. Pero lo será, luego de un largo combate polémico no ya contra los reformistas y los gradualistas, sino contra los anarquistas. Al final de ese período, en el Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores (La Haya, 1872), Marx añadirá a los estatutos de 1864 el crucial artículo 7 a): «En su lucha contra el poder unificado de las clases poseedoras, el proletariado sólo puede obrar como clase constituyéndose en partido político autónomo, que se opone a todos los otros partidos constituidos de las clases poseedoras». Y precisa a continuación: «Esta constitución del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y la realización de su objetivo final: la supresión de las clases». (En perfecta coherencia con esta posición, las Tesis de 1920 dirán: «la necesidad de un partido político del proletariado sólo desaparece con la supresión completa de las clases) (8).

En 1873, Engels vuelve sobre la cuestión en una carta a las secciones italianas de la Internacional, influenciadas todavía por las concepciones anti-estatismo y anti-partidismo bakuninistas. La fórmula es inequívoca: «Una revolución es la cosa más autoritaria que pueda existir. Es el acto por medio del cual una parte de la población impone su voluntad a la otra parte mediante fusiles, bayonetas, cañones y todos los medios autoritarios a disposición; y el partido victorioso, si no se ha quiere haber combatido en vano, debe mantener esa dominación por el terror que las armas inspiran a los reaccionarios». Es la lección de la Comuna de París. Y de allí Engels concluye: «Una de dos: o los antiautoritarios que, no lo olvidemos, niegan tanto el Estado como el Partido] no saben lo que dicen, y en ese caso siembran sólo la confusión; o lo saben, y en ese caso traicionan el movimiento del proletariado. En uno y otro caso, sirven a la reacción» (De la Autoridad) (9).

La serie de las etapas ascendentes está así grabada por Marx y Engels con una nitidez de contornos a la que las confirmaciones traídas por las luchas de ciento cincuenta años de historia sólo darán un relieve aún más acentuado. Primero, las luchas locales, esparcidas e inorgánicas, suscitadas por las condiciones de vida inmediatas de los trabajadores asalariados; luego, su transformación y su centralización en luchas de clase generalizadas, nacionales e internacionales, y por lo tanto en luchas políticas; constitución de la clase proletaria en clase mediante el órgano de esa centralización, el partido político; constitución de la clase proletaria en clase dominante a través de la revolución violenta y del mantenimiento de esa dominación por el terror rojo bajo la dirección el Partido; por último, desaparición del proletariado como clase y, por lo tanto, desaparición del partido político, con la realización del comunismo integral.

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Los otros dos textos contenidos en este opúsculo, Partido y clase y Partido y acción de clase, fueron publicados en Rassegna Comunista, revista del «Partido Comunista de Italia, sección de la Internacional Comunista», en el nº 2 (15 de abril) y en el nº 4 (31 de mayo). Escritos por Amadeo Bordiga, manifestaban la total homogeneidad del partido fundado en Livorno en enero de 1.921 y la perfecta coherencia con las Tesis de la Internacional Comunista sobre el papel del partido comunista en la revolución proletaria, aquí publicado como primer texto.

En el primero, Partido y clase, se deja claro que el parido político de la clase proletaria no puede comprender en sus filas sino una parte de la clase misma, por lo tanto, no a su mayoría, término este que reporta a una concepción estadística o sociológica de la sociedad y de sus componentes, por lo tanto no dialéctica. El método dialéctico, de hecho, ve la historia no como una fotografía instantánea, sino «como una película cinematográfica que desarrolla una tras otra sus escenas; y es en las características del movimiento de estos que la clase es hallada y reconocida». El concepto de clase es, por lo tanto, dinámico y no estático. Todos recordamos las famosas frases del Manifiesto de Marx-Engels en las cuales se afirma que toda lucha de clase es lucha política y que la organización de los proletarios en clase es, en realidad, la organización de los proletarios en partido político. De las que se deduce que el concepto de clase lleva directamente al concepto de partido político. La clase, según el marxismo, no es la simple suma de individuos colocados en condiciones sociales similares ni la clasificación de individuos insertos en determinadas funciones en el interior de la sociedad, en grupos fijos desde el punto de vista económico, social, político, ideológico. La clase - término de origen latino, classis, es decir flota, escuadra naval de guerra, que el marxismo ha hecho propio - reclama directamente «el movimiento y el combate: una unidad que actúa de manera conjunta, van en la misma dirección, se enfrentan al mismo enemigo» (10). Por esto, cuando se habla de clase proletaria, en sentido marxista, en realidad se habla del movimiento histórico de los grupos humanos mancomunados por las mismas condiciones económicas y sociales de trabajadores asalariados en lucha contra las mismas condiciones económicas y sociales, por lo tanto en lucha contra el trabajo asalariado y, por lo tanto, contra el dominio de clase burgués que le somete a esas condiciones. Un movimiento histórico del cual sólo una parte - y en los periodos desfavorables a la lucha revolucionaria, sólo una pequeñísima parte - de la vasta clase proletaria tiene conciencia y forma el componente físico del partido comunista revolucionaria. En la época en la cual se escribieron estos textos, en polémica con la concepción por la cual el partido de clase, para tener influencia determinante y poder vencer en la lucha contra los poderes burgueses debería contener en su seno a la mayoría de la clase proletaria, por parte de la Izquierda comunista de Italia se usaban indistintamente los términos parte y fracción de la clase. En verdad, dado que el término «fracción», utilizado en sentido político, reporta más directamente a un concepto de ruptura o escisión más que a un concepto aritmético, preferimos , en este caso, el término parte también porque los proletarios que forman el partido de clase no se escinden de la clase proletaria para devenir cualquier otra cosa; son siempre proletarios, pero proletarios que han adquirido «una especial capacidad de entender la perspectiva de la historia»  que asumen la tarea de «importar» en su propia clase esta «perspectiva de la historia» , por lo tanto, las lecciones de las experiencias de las luchas de clase pasadas, de las cuales sólo el partido está en condiciones de realizar los balances y disponerlos para la lucha de clase y revolucionaria.

Se remacha, sin giro de palabras, que «un partido vive cuando viven una doctrina y un método de acción. Un partido es una escuela de pensamiento y por lo tanto una organización de lucha. El primero es un hecho de consciencia, el segundo es un hecho de voluntad, más precisamente de tendencia a una finalidad» Y sólo el partido de clase, el partido político del proletariado, puede condensar estos dos caracteres.

El desarrollo de la sociedad capitalista significa, de hecho, no sólo innovación técnica y desarrollo económico, sino desarrollo de la explotación del trabajo asalariado por parte del capital, por lo tanto reforzamiento del dominio social y político de la clase burguesa y creciente opresión sobre la clase de los trabajadores asalariados, en todos los países. Este mismo desarrollo capitalista acumula factores de crisis económica y social agudizando las contradicciones sociales y poniendo, de hecho, las bases permanentes de la lucha entre las clases explotadas y la clase explotadora. Pero la historia de la lucha de clase del proletariado ha demostrado y continúa demostrando que mientras el partido de clase –pese a comprender sólo una parte de la clase- puede dar «unidad de acción y de movimiento» a la clase en su conjunto, «porque agrupa a aquellos elementos que, superando los límites de categoría y de localidad, sienten y representan a la clase». Por lo tanto, «la clase presupone al partido, porque para ser y moverse en la historia la clase debe tener una doctrina crítica de la historia y una finalidad a alcanzar en ella»

En el artículo se critica firmemente la desviación clásica del reformismo y las tendencias de este derivadas del sindicalismo y del socialdemocratismo parlamentarista que llevan a la quiebra de la Segunda Internacional frente a la Primera Guerra Mundial. En síntesis, la degeneración socialdemócrata y obrerista del partido de clase había transformado a los partidos obreros de «vanguardias adelantadas de la clase» en una expresión mecánica suya en un sistema electoral y corporativo en el cual se daba el mismo peso y la misma influencia a los estratos menos conscientes y más dominados por egoísmos de la clase proletaria misma» Es conocido por los marxistas que la burguesía tiene todo el interés en «tener al proletariado en el terreno de las exigencias inmediatas y económicas que le interesan categoría por categoría» porque de esta manera «se hace un trabajo de conservación evitando la formación de aquella peligrosa conciencia «política» que es la única revolucionaria, porque señala al punto vulnerable del adversario: la posesión del poder». Como es sabido por los marxistas, «los conceptos de mayoría y del derecho de la mayoría a prevalecer sobre la minoría, transferidos al plano político, mantienen la democracia electiva burguesa». Esta, de hecho, hace propaganda y sostiene la «consulta de las masas, porque sabe que la mayoría responderá siempre a favor de la clase privilegiada y delegará en ella voluntariamente el derecho a gobernar y a perpetuar la explotación».

En el artículo no falta la crítica a las concepciones que pretender resolver, con una fórmula organizativa «el viejo problema de la antítesis entre las conquistas limitadas y graduales y la máxima realización del programa revolucionario», reclamando el eficaz concepto según el cual la revolución no es una cuestión de formas de organización. A tal claridad teórica no se le escapa que «la clase parte de una homogeneidad inmediata de condiciones económicas que aparecen como el primer motor de la tendencia a superar, a romper, el actual sistema productivo» para reafirmar que «para asumir esta parte grandiosa ella debe tener un pensamiento, un método crítico suyo, una voluntad que mire a aquellas realizaciones que la indagación y la crítica han indicado, una organización de combate que canalice y utilice con el mejor rendimiento los esfuerzos y los sacrificios. Y todo esto es el partido»

En el segundo artículo, Partido y acción de clase, estrechamente ligado al primero, se desarrollan las tareas históricas de la clase asalariada en su camino revolucionario, antes y después de la conquista violenta del poder político. Se subraya que, dada la experiencia histórica de la lucha de la clase proletaria en defensa de sus condiciones de existencia y por su emancipación de la explotación capitalista, el proletariado mismo tiene necesidad de la guía política de su partido de clase no sólo como guía de la preparación revolucionaria, como dirección estratégica de la revolución y como órgano que ejerce la dictadura de clase después de la conquista del poder político, sino también para la misma lucha de defensa sobre el terreno inmediato porque sin la guía del partido la clase proletaria por sí misma, aún organizada en los organismos de defensa inmediata, no está en condiciones de escapar completamente de la influencia ideológica y material de la clase dominante burguesa, permaneciendo prisionera inevitablemente de los egoísmos individuales y de categoría, prisionera por lo tanto  de la competencia entre proletarios instalada y alimentada por la clase dominante burguesa y justificada por las corrientes del oportunismo. Esto no excluye una decidida importancia de las organizaciones económicas de defensa del proletariado, reconociendo a estos organismos, si están organizados para la lucha de clase y no para la colaboración de clase, la función primaria de unir las vastas masas proletarias y de «entrenarlas» en la lucha contra los intereses burgueses, por lo tanto contra todo lo que conserva y refuerza la explotación del trabajo asalariado. Al mismo tiempo, el partido de clase es consciente del hecho de que a los proletarios no les bastará jamás la lucha instintiva contra las condiciones de malestar y de falta de medios en que viven bajo el régimen de explotación capitalista para dar el salto de calidad desde la lucha sobre el terreno económica a la lucha, no sólo sobre el terreno genéricamente político, sino sobre el terreno revolucionario, es decir, sobre el terreno del enfrentamiento de clase abierto y total que tiene por objetivo la toma del poder político, la destrucción del Estado burgués, la instauración de la dictadura proletaria, la guerra revolucionaria contra cualquier tentativa de restauración burguesa interna y externa y la extensión a nivel mundial de la revolución proletaria.

Se afirma, en este artículo, que el proletariado en cuanto única clase revolucionaria en la moderna sociedad burguesa, puede y podrá afrontar los problemas de su revolución y de su dictadura sobre todo gracias a su partido de clase y que este último es el órgano indispensable para resolverlos, como demostró sin sombre de dudas las Revolución de Octubre de 1.917 y los primeros años de dictadura de clase por parte del partido bolchevique de Lenin.

No sólo el proletariado tiene necesidad de una preparación revolucionaria para que su propia lucha de defensa inmediata pueda llegar a ser lucha política revolucionaria; tiene necesidad también del partido de clase  y la misma historia de las luchas de clase y del movimiento comunista internacional ha demostrado que el partido que mejor representa el objetivo histórico de la revolución proletaria y que está mejor preparado para guiar al proletariado en la revolución y en la dictadura de clase, es aquel partido que ha comenzado mucho antes de la revolución «a constituir el cuerpo de sus doctrinas y sus experiencias». Se lee, de hecho, que «la tarea indispensable del partido se explica de dos modos, como hecho de conciencia humana en primer lugar y después como hecho de voluntad; traduciéndose la primera en una concepción teórica del proceso revolucionario que debe ser común a todos los adherentes; la segunda en la aceptación de una precisa disciplina que asegure la coordinación y por lo tanto el éxito de la acción»

Todo esto no debe interpretarse como si bastase la existencia del partido de clase para garantizar el éxito de la lucha de clase proletaria; como si el movimiento de clase fuese determinado por un desarrollo gradual y progresivo hacia la revolución y la toma del poder político. Decir que para la lucha proletaria de emancipación del trabajo asalariado, y por lo tanto del régimen capitalista y del modo de producción capitalista, es indispensable la guía del partido de clase no significa decir que esto será suficiente para garantizar el éxito de la lucha.

Son muchos los factores que concurren en el éxito del movimiento revolucionario, pero no puede faltar el factor-partido-de-clase, sólido teóricamente y templado en las batallas de clase conducidas a lo largo del tiempo.

La «la crisis revolucionaria» no puede ser sino generada por las crisis sociales en las cuales las contradicciones económicas, sociales, políticas de la sociedad se agudizan a la vez poniendo en movimiento tempestuoso a todas las clases y a todos los estratos sociales. Las masas proletarias, en las crisis del régimen determinadas casi siempre por la guerra, son lanzadas en todas direcciones; pero ay del partido de clase si cayese en la convicción de que las mismas contradicciones y la misma crisis de la sociedad burguesa esclarecerán por sí mismas la situación llevando a las clases contrapuestas a tomar automáticamente posiciones las unas contra las otras. Toda la historia pasada demuestra que durante sus crisis, el capitalismo, y por lo tanto la clase dominante burguesa, reacciona decuplicando sus propias fuerzas de conservación social, movilizando todas las fuerzas económicas, sociales y políticas en defensa de la conservación social. El ejemplo de la quiebra de los partidos de la Segunda Internacional frente a la primera guerra imperialista, con el paso de los socialdemócratas al campo del social patriotismo y del social imperialismo, demuestra que, no obstante la crisis del régimen burgués, la influencia sobre el proletariado de las tendencias oportunistas y colaboracionistas sobrevive largo tiempo, actuando para sabotear la lucha de clase proletaria. Por lo tanto, un motivo más para que el partido de clase se prepare largamente para su tarea principal: guiar al proletariado en la revolución y en la dictadura de clase, sacando todas las lecciones de la historia de las luchas de clase y, en particular, de las derrotas del proletariado y del movimiento comunista. El marxismo, sostendrá la Izquierda comunista de Italia, es más la teoría de las contra revoluciones que de las revoluciones.

En el artículo, mientras se evidencia la importancia histórica de la reciente constitución de la IIIª Internacional, se evidencia la necesidad de ser completamente intransigente al evaluar a los partidos y los elementos que –sobre la onda de la victoriosa revolución rusa y del crecimiento del movimiento revolucionario a nivel internacional- se han adherido a ella o intentan hacerlo. Como ya en 1.920 la Izquierda comunista de Italia insistió en volver más rígidas e intransigentes las condiciones de adhesión a la Internacional Comunista, así en 1.921 y en otros años, insistirá en subrayar que «la Internacional comunista debe considerar con la mayor desconfianza a todos los elementos que se le acercan con reservas teóricas y tácticas» En el artículo se subraya que las masas, por las cuales se polemizaba con partidos numéricamente grandes o pequeños, junto con su conciencia teórica, programática y táctica, «jamás encontraran un baluarte tan seguro de su conciencia de clase y de su potencia, como cuando los antecedentes del partido hayan marcado una continuidad de movimiento hacia los objetivos revolucionarios, aun sin y contra las propias masas en las horas desfavorables. Las masas jamás podrán ser ganadas eficientemente si no lo son contra sus jefes oportunistas, lo que quiere decir que hace falta ganarlas disgregando las tramas de las organizaciones de los partidos no comunistas que todavía tienen influencia sobre ellas, absorbiendo a los elementos proletarios en los marcos de la organización sólida y bien definida del partido comunista»

Es de notable importancia el pasaje de este párrafo en el cual se subraya una característica indispensable para que el partido de clase sea fiable desde el punto de vista de la perspectiva revolucionaria: debe haber una historia precedente en la cual sea demostrable la continuidad de movimiento hacia la finalidad revolucionaria, aún sin y contra las masas mismas en las horas desfavorables. La continuidad de movimiento hacia la finalidad revolucionaria, he aquí el punto central, la característica indispensable que el partido de clase debe poseer y que, aún en las fases desfavorables al movimiento de clase y a la lucha revolucionaria, este está llamado a defender si bien esta defensa debe ser realizada en ausencia del movimiento de las masas o, quizá, contra ellas. Es así porque sobre las masas insisten siempre potentes factores de conservación social, materialmente individualizables en la presión económica y social de la clase dominante burguesa, en la influencia ideológica que a partir de factores económicos viene ejercida por la clase dominante y que hizo decir a Engels que las masas, ideológicamente, piensan según la ideología dominante, es decir, la ideología burguesa.

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Una de las tareas vitales de los comunistas revolucionarios, y por lo tanto del partido de clase, es por lo tanto la batalla para defender en cualquier circunstancia su propia continuidad teórica, programática, política, organizativa, cosa que la Izquierda comunista de Italia ha demostrado  en el curso histórico del desarrollo del movimiento comunista revolucionario en sus fases de ascenso como, y sobre todo, en sus fases de derrota y degeneración.

La lucha en defensa del marxismo revolucionario, es decir, la continuidad en el tiempo y en el espacio del movimiento comunista revolucionario desde el punto de vista de la teoría como desde el punto de vista de su actuación práctica, forma parte de las batallas de clase que el partido de clase, para estar a la altura de sus tareas, debe desarrollar constantemente en cualquier situación, en cualquier contingencia histórica y contra cualquier adversario, declarado u oculto. Las advertencia que la Izquierda comunista de Italia daba desde los primeros momentos de la Internacional Comunista sobre la cuestión de las normas tácticas, intransigentemente válidas a nivel internacional y a las cuales todos los partidos adherentes debían atenerse, so pena de su exclusión de la Internacional, no eran casuales:  provenían de una cerrada y constante batalla de clase en defensa del marxismo conducida en el interior del Partido socialista contra la masonería, contra la desviación culturalista, contra las tendencias sindicalistas y anárquicas, contra las posiciones anticlericales pero al mismo tiempo liberal-burguesas y, en perfecta concordancia con la táctica del derrotismo revolucionario de Lenin, pese a no tener contacto directo con él, contra el pacifismo y el chovinismo desde la guerra italo-turca por la conquista de Libia y después contra la propia burguesía nacional y contra la burguesía de cualquier país en la primera guerra imperialista mundial.

Es la continuidad de estas batallas de clase en el tiempo y en el espacio la que ha hecho de la corriente de la Izquierda comunista de Italia el bastión más coherente y seguro de la lucha en defensa del marxismo revolucionario; su lucha contra cualquier transigencia, por pequeña que fuese, sobre el plano táctico y organizativo (contra el frente único político, contra la adhesión a la Internacional de los partidos considerados «simpatizantes», contra las equívocas fórmulas del «gobierno obrero» o, peor, aún, del «gobierno obrero y campesino», contra los expedientes en el terreno organizativo y táctico adoptados para «acelerar» el proceso revolucionario o para «conquistar la mayoría» de las masas –»parlamentarismo» incluido- y, naturalmente, contra cualquier cesión a las ilusiones democráticas tanto en el terreno político-táctico como en el terreno organizativo) robusteció a una corriente política que se demostró, en el declive general y mundial del movimiento comunista internacional, la única que tenía la posibilidad, y la fuerza teórica, para vincularse al hilo del tiempo sin perder la orientación, sin perder la ruta, por lo tanto, con la capacidad de realizar el trabajo de restauración del marxismo después de su total destrucción por el estalinismo y por sus múltiples variantes sucesivas; y de realizar la tarea de reconstitución del órgano revolucionario por excelencia, el partido de clase que, sin la restauración teórica marxista no habría podido nunca, y nunca podrá, ver la luz.

El artículo de 1.921 del cual estamos tratando, concluye con esta afirmación: «No se crean ni los partidos ni las revoluciones. Se dirigen los partidos y las revoluciones, unificando las experiencias revolucionarias internacionales útiles, en vista de asegurar los mejores coeficientes a la victoria del proletariado en la batalla que es el desemboque infalible de la época histórica en que vivimos» Ya en este párrafo se puede reconocer la vital característica de la Internacional Comunista, por lo tanto del partido comunista internacional, que es dada por la unificación de las útiles experiencias revolucionarias internacionales; lo que excluye desde el inicio que la experiencia revolucionaria desarrollada en un país por el partido comunista revolucionario que actúa en aquel país –incluso en la Rusia del 1.917 en la cual el partido bolchevique llevó al proletariado a la victoriosa conquista del poder político instaurando y ejerciendo la dictadura de clase- debiese ser automáticamente la experiencia-guía para todos los otros países y para todos los otros partidos. Considerando el desarrollo desigual del capitalismo en los diversos países del mundo y considerando el desarrollo inevitablemente desigual del movimiento de clase del proletariado y de la formación de los partidos comunistas en los diversos países, se volvía indispensable –con el fin de unir todas las acciones de los partidos comunistas adherentes a la Internacional hacia el único fin común: la conquista revolucionaria del poder político y la instauración de la dictadura proletaria en todos los países, también en aquellos de capitalismo atrasado si las condiciones generales lo permitían como había sucedido en la Rusia zarista- utilizar lo mejor posible todas las experiencias revolucionarias que habían tenido lugar internacionalmente, pasadas y presentes, para unificarlas en un cuerpo orgánico de tesis que debía servir como guía general para todas las secciones nacionales de la Internacional. Este era y es el sentido de las lecciones que la Izquierda comunista de Italia sacaba ya en la época y remarcó en las tesis de la segunda postguerra en la obra de restauración teórica y de reconstitución del partido comunista revolucionario, tesis que constituyen el contenido de los próximos opúsculos, posteriores a este, dedicados al tema «Partido y clase»

De esta compleja batalla de clase formaba y forma parte la lucha contra toda degeneración oportunista. Como ha demostrado la historia misma del movimiento proletario internacional y la historia de las luchas de clase de cualquier país, y sobre todo de los países del capitalismo avanzado, el oportunismo es uno de los enemigos más insidiosos y cabezotas del proletariado; se mimetiza bajo formas siempre diferentes, adaptándose poco a poco a las diversas situaciones en las cuales el poder burgués manifiesta sus exigencias de dominio y de supremacía no sólo dentro de los confines del propio Estado sino a nivel internacional. Pese a cambiar sus ropajes cada vez, el oportunismo apunta siempre al mismo objetivo: mantener a las grandes masas proletarias bajo el dominio de clase de la burguesía, con cualquier medio, sobre todo alimentando constantemente la competencia entre proletarios y contando con el hecho de que la burguesía dominante premia sus servicios con privilegios sociales y personales, llegando, en situaciones de una tensión social particular, a llamarlo al gobierno, como hizo con los Noske y los Sheidemann en 1.918-19. Solo que aquella llamada al gobierno tenía la finalidad de afrontar el peligro inminente de la marea roja proletaria y de eliminar a los jefes revolucionarios que en Alemania respondían a los nombres de Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht, Leo Jogiches.

La lucha contra el oportunismo corre pareja con la lucha contra la burguesía dominante, no sólo porque las corrientes oportunistas tienen una influencia nefasta sobre el proletariado, usando el peso de sus estratos más privilegiados desde el punto de vista económico y desde el punto de vista de las tareas laborales (la famosa «aristocracia obrera» de Engels) para mantener a la masa de los proletarios en un estado de inferioridad social, sino porque la burguesía utiliza a los oportunistas también como perros guardianes y, llegado el momento, como esbirros contra el proletariado.

Las degeneraciones que han caracterizado el precipitarse de los partidos comunistas, en un tiempo revolucionarios, en las condiciones de idiotas útiles para la conservación burguesa y de mamporreros contra el proletariado como demuestran las filas de estalinistas que eliminaron físicamente a la vieja guardia bolchevique y a centenares de miles de proletarios tenazmente firmes en la perspectiva revolucionaria iniciada por Lenin, son uno de los resultados de la feroz lucha de clase que la burguesía dominante de todos los países lleva a cabo continuamente contra los proletarios conscientes del hecho de que la emancipación proletaria del trabajo asalariado no se obtendrá jamás ni por la vía democrática y parlamentaria ni por un supuesto agotamiento de las fuerzas de conservación burguesas advenido por sus mismas contradicciones en una especie de decadencia social progresiva, ni tanto menos por vía pacífica. La burguesía dominante es el enemigo principal del proletariado; pero su fuerza de conservación y su resistencia en el tiempo - no obstante todos los indicios económicos y sociales que demuestran que el capitalismo no logrará por sí mismo dominar sus crisis sino que está destinado a agravarlas siempre más - depende también del éxito que las corrientes oportunistas tienen entre las masas proletarias. La lucha contra cualquier desviación oportunista, por lo tanto, es vital como la lucha contra la burguesía dominante, sabiendo que, estando los oportunistas física y socialmente próximos al proletariado, y casi siempre provienen del proletariado, representan una infección permanente de la cual el proletariado se librará sólo rompiendo con las prácticas y actitudes que llevan al colaboracionismo, asumiendo en su lugar prácticas y actitudes clasistas. La lucha se vence luchando, y la lucha de clase prepara al proletariado a la victoria sólo si es realizada con medios y métodos de clase, sobre el terreno inmediato tanto como sobre le político general.  Y es por este resultado que el partido de clase es necesario: antes de la revolución propiamente dicha hay un largo periodo de preparación, de luchas inmediatas, de luchas episódicas y locales en las cuales los proletarios cogen experiencia, aprenden a localizar y a distinguir a los diversos enemigos y a considerar como verdaderos aliados sólo a los proletarios, no importa de qué categoría, sector, sexo o nacionalidad sean, porque luchan sobre el terreno de clase.

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(1) El adjetivo «italiana», referido a la corriente de Izquierda del Partido Comunista de Italia, no se entiende en el sentido nacionalista del término, sino en el sentido político internacionalista porque todas las bases teóricas, los principios, las líneas políticas y tácticas fundamentales, los criterios organizativos y los comportamientos prácticos sobre diversos terrenos de intervención respondían a la visión y a la impostación internacionalista característica del marxismo y de esta corriente, formada en Italia, seguida, aplicada y defendida durante todo su recorrido histórico. No es por casualidad que, el partido, constituido en 1921, se llamaba Partido Comunista de Italia –sección de la Internacional Comunista. Cambió su nombre por el de Partido Comunista Italiano cuando renegó en la teoría y en la práctica de la visión y de la impostación internacionalista.

(2) Cfr. In difesa della continuità del programma comunista, pg. 9-23, o la edición francesa Défense de la continuité du programme communiste, pg. 9-26.

(3) Con anterioridad, en 1921, con vistas al III Congreso de la Internacional, la Izquierda había reaccionado frente a la pretensión de evaluar la eficacia y la capacidad de influencia del Partido no ya en base a la férrea continuidad de sus posiciones programáticas y de su acción práctica, y a la sólida disciplina se su organización (en lo cual reside su verdadera fuerza), sino en base al criterio cuantitativo y mecánico de la consistencia numérica o, lo que es aun peor, del logro de la conquista de la «mayoría de la clase obrera». (Cfr, El texto Partido y Acción de Clase).

(4) Un ejemplo de esta precisión y «codificación» de la táctica del partido en los grandes acontecimientos históricos se encuentra en las Tesis de Roma (1.922) republicadas ya en los citados volúmenes.

(5) Se nota que en esto la Izquierda ve también la solución del complejo problema del funcionamiento organizativo del Partido en su indispensable estructura vertical y jerárquica: solución que la fórmula del «centralismo democrático» era y es, por ella misma, incapaz de dar. La «garantía» –dentro de los límites en los cuales una garantía puede darse- del buen funcionamiento de la organización centralizada del partido, reside no ya en el «accidente» de las elecciones de los órganos superiores por parte de los inferiores, o de la consulta democrática de la base como práctica normal y corriente, sino en el lazo único e uniforme que dialécticamente une «centro» y «base» al programa conocido por todos y a sus implicaciones tácticas «cerradas», que los vinculan a ambos. Más allá de los límites de espacio y tiempo. Tal es el sentido del        «centralismo orgánico» teorizado por la Izquierda desde 1.921 (como se ve en el texto sobre El principio democrático») donde la «disciplina» y la «confianza» al centro del Partido, provienen de que éste constituye el órgano técnico indispensable para la aplicación unitaria y constante de normas fijas y conocidas por la base y no el depositario de una «sabiduría» superior, ni de la capacidad de «descubrir» soluciones originales a problemas «nuevos».

(6) Recordemos el magnífico grito de la Neue Rheinische Zeitung después de la represión de la insurrección de Viena, el 7 de noviembre de 1.848: «El propio canibalismo de la contra revolución esparcirá en las masas la convicción de que no existe más que un solo medio apto para concentrar, abreviar y simplificar los espasmos de una vieja sociedad agonizante y los sangrientos dolores del parto de una nueva sociedad: el terror revolucionario»

(7) La misma idea reaparece bajo otra forma en Las luchas de clases en Francia (Tercer cuaderno, marzo de 1.850): «[…] El Proletariado se agrupara cada vez más en torno del socialismo revolucionario, en torno del comunismo, para el cual la propia burguesía ha inventado el nombre de Blanqui. Ese socialismo es la declaración de la revolución permanente, la dictadura de clase del proletariado, como punto de transición necesario para llegar a la supresión de las diferentes clases  en general, a la supresión de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, al trastocamiento de todas las ideas que emanan de esas relaciones sociaes». Y Marx insistirá en la Crítica del programa de Gotha, el 5 de mayo de 1.875: «Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista se sitúa el periodo de la transformación revolucionaria de la una en la otra. A este periodo corresponde igualmente una fase de transición política, donde el Estado solamente puede ser la dictadura revolucionaria del proletariado»

(8) La teoría marxista es un bloque único y permanece como tal desde su nacimiento hasta la victoria definitiva; lo único que ella espera de la historia es el ser aplicada con un rigor cada vez más grande y, por lo tanto, ver mejor grabadas sus líneas inmutables en el programa del partido de clase. Para confirmar una vez más esa invariancia, recordemos que Marx, en su discurso para el séptimo aniversario de la Iª Internacional (1.871), unía el principio de la dictadura proletaria y, por lo tanto, del terror, a la reivindicación de una dirección centralizada de la lucha de clase transformada en batalla campal a escala mundial: «Antes de realizar una transformación socialista, es preciso una dictadura del proletariado,  el ejército proletario es una condición primordial de esta. La clase obrera deberá conquistar en el campo de batalla el derecho a su propia emancipación. El papel de la Internacional es el de organizar y concentrar las fuerzas productivas para el combate que le espera»

El problema será planteado a los bolcheviques en términos históricos materiales, y es en la línea invariante de la doctrina marxista que nacerá el Ejército Rojo, provocando los gritos de indignación de los reformistas y de los anarquistas.

(9) El 18 de diciembre de 1,899, Engels reafirmaba con su claridad habitual a G. Trier: «Estamos de acuerdo con el hecho de que el proletariado sólo puede conquistar el poder político - la única puerta de acceso a la nueva sociedad - mediante una revolución violenta. Pero para que el proletariado sea bastante fuerte como para vencer en el momento decisivo, es necesario que se constituya en partido autónomo, en partido de clase consciente, separado de todos los otros y opuesto a ellos. Es lo que Marx y yo no hemos dejado de sostener jamás desde el Manifiesto de 1.848.

(10) Cfr. il  «filo del tempo», titulado Danza di Fantocci: dalla Coscienza alla Cultura, publicado en «il programma comunista»,  n. 12 de 1953; después recogido en el opúsculo del partido titulado Classe, Partito, Stato nella teoria marxista, mayo 1972.

 

 


 

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