Crisis burguesa y crisis proletaria
(«El proletario»; N° 37; Enero de 2026 )
Desde el comienzo de la crisis capitalista de 2008 en España hasta hoy una cosa resulta evidente: la crisis económica no sólo dio lugar a un fortísimo de-sequilibrio temporal en el que los capitalistas, grandes y pequeños, lucharon entre sí (a la vez que todos ellos contra el proletariado) para mantener su cuota de beneficio cuando éste parecía esfumarse ante los ojos de todos. Más allá de esta situación, que se ha resuelto como es bien visible para todo el mundo con un robustecimiento de las tendencias a la concentración y a la centralización de la gran empresa y con una consiguiente destrucción de buena parte del tejido empresarial de pequeño y mediano tamaño, pero dependiendo directamente de ella, se ha instalado un desequilibrio permanente en los terrenos político y social que marca hoy la vida del país.
Es conveniente, en primer lugar, señalar que la existencia de este desequilibrio y su origen en la crisis económica de 2008-2012 y en la de 2020 causada por la pandemia mundial, no significa que la crisis capitalista no haya sido superada. En efecto, el desconocimiento de los rudimentos básicos de la economía marxista, lleva a observar los fenómenos del mundo capitalista con un prisma que no permite captar correctamente la realidad y que lleva a adoptar clichés y lugares comunes para tratar de explicar el curso de los acontecimientos. Así, se ha vuelto un lugar común para multitud de grupos pretendidamente marxistas (y, peor aún, que se reclaman de la Izquierda Comunista de Italia… sin tener nada que ver) hablar de una especie de crisis económica permanente que, a lo largo de casi veinte años, se habría consolidado como toda una época de la historia económica moderna. Pero la realidad marcha por otros derroteros y la confirmación que aporta a la economía marxista, que es a la vez herramienta de análisis y arma de combate en tanto explica el presente capitalista de la misma manera que garantiza su futura defunción, no se da en el terreno de un ilusorio estado de crisis permanente (que no sería sino un remedo «izquierdista» del fantasioso equilibrio capitalista que pregona cualquiera de las escuelas económicas burguesas) sino en la demostración de que ni siquiera en los periodos de relativa bonanza económica las clases sociales pueden vivir en paz y que, más allá de esto, la amenaza de una nueva crisis más fuerte y salvaje que la anterior las empuja a recrudecer la lucha entre ellas.
La crisis de 2008-2012 agrietó de manera definitiva el edificio político que había erigido la burguesía española desde comienzos de los años ´70, haciendo saltar los goznes que mantenían relativamente firme la estructura.
El primero y más importante de los hitos de este proceso fue el renacer, con una fuerza que apenas se recordaba, del «problema catalán». Pocos podían pensar, por ejemplo en 2007, que tan sólo una década después el gobierno autonómico de Cataluña fuese a declarar la independencia de la región. Síntoma inequívoco del extremo debilitamiento de uno de los elementos fundamentales de la estructura constitucional vigente desde el fin del régimen de Franco: la inclusión de las burguesías vasca y catalana, a través del reconocimiento de un régimen especial de autogobierno, en el Estado. A la tradicional reivindicación del regionalismo catalán, que desde Cambó vio en la falta de ministros catalanes el reflejo de la infravaloración de su región en el gobierno del conjunto del país, la burguesía de 1978 respondió diseñando una estructura expresamente concebida para otorgar peso a las clases burguesa y pequeña burguesa a través del sistema de las autonomías y de un ordenamiento electoral que permite la formación de minorías regionales decisivas en el Parlamento. Como cualquier ficción de orden en un mundo, el burgués, que por definición es caótico y contradictorio, el ensamblaje autonómico que debía contener dentro de los límites del Estado las tendencias centrífugas vasca y catalana se convirtió, cuando las exigencias de esta última, en términos de fiscalidad (la gran cuestión del Estado burgués contemporáneo), fueron rechazadas por una burguesía central que necesitaba, imperiosamente, cada euro de cada región de España para mantener el orden común mínimo. El ciclo del conflicto es sobradamente conocido y no es necesario repetirlo aquí. Basta con señalar que de 2011 a 2019 el riesgo de ruptura institucional entre Cataluña y el resto de España reflejó la ruptura que sí tuvo lugar en términos políticos y sociales y que esta ruptura está en el centro de buena parte de los cambios políticos, institucionales, etc., que posteriormente han aparecido como reacción ante el las tendencias centrífugas catalanas o como intentos de reconducirlas.
¿Se ha restablecido el orden en Cataluña? Es más correcto decir que se ha establecido un nuevo orden partiendo de Cataluña. Por un lado, se ha consolidado un bloque electoral sustentado en las fuerzas nacionalistas vasca y catalana aliadas con el PSOE y sus satélites contra la derecha nacional (a la que en numerosas ocasiones, como en 1996, habían apoyado). El objetivo de este bloque no es de grandes miras y simplemente se limita a favorecer las exigencias concretas, circunstanciales, de las burguesías vasca y catalana contra cualquier tendencia contraria, pero si no hay grandes cambios puede llegar a cerrar el acceso al poder a parte de la derecha nacional durante muchos años. Por otro lado, sí que se ha realizado un gran cambio en sentido descentralizador porque, en lo fundamental, se ha aceptado el concierto fiscal catalán que estaba en el centro de las exigencias nacionalistas de 2012 que dieron lugar al célebre Procés. Con este sistema de cupos similar al vasco o al navarro, se avanza hacia un orden confederal porque se consolida una «excepción» catalana que no será revocada y que, como ha sucedido con el régimen autonómico en general, puede extenderse a otras comunidades autónomas poniendo en riesgo el orden constitucional, desde su ámbito fiscal hasta el político. Finalmente, esta situación ha constituido la principal línea de ruptura de la derecha nacional tradicional y ha forzado la aparición de una corriente de extrema derecha que vuelve a levantar la bandera de la unidad nacional para llamar a la lucha contra las ventajas que van logrando la burguesía vasca y catalana.
La tensión sobre este aspecto de la vida política y social española volverá a resurgir con fuerza cuando una nueva crisis económica recrudezca otra vez la competencia inter-burguesa, momento en el cual el equilibrio actual logrado a base de un sistema de ventajas y desventajas se convertirá, súbitamente, en una fuente de desequilibrio ampliado y en un arma en la guerra de competencia que se volverá a desencadenar.
El segundo gozne que saltó en los años inmediatamente posteriores a 2008 fue el orden tradicional del sistema de partidos. Más allá de las particularidades autonómicas o de las minorías nacionalistas consolidadas en el Congreso, el sistema electoral español se diseñó, coherentemente con lo que existe en todos los países capitalistas desarrollados, para establecer un sistema de turnos entre la izquierda y la derecha, con un pequeño espacio para el Partido «Comunista» (y posteriormente para su plataforma electoral, Izquierda Unida). Este sistema se sostenía básicamente porque las clases pequeño burguesas de las ciudades pequeñas y los pueblos (es decir, de los lugares donde la polarización entre proletariado y burguesía aparece más atenuada) tienen un peso electoral desproporcionado respecto a su importancia numérica y porque se contaba con el hecho de que estas mismas clases sociales, pero en las grandes ciudades, se inclinarían por una u otra opción bipartidista siendo capaces de arrastrar tras de sí el, menos relevante, voto proletario.
La crisis de 2008-2012 trajo consigo la ruptura de este equilibrio porque en las grandes ciudades buena parte de esa masa pequeño burguesa rompió con la opción de la izquierda bipartidista y favoreció la aparición de corrientes ajenas al turno habitual. La fórmula que tomó esta ruptura fue el llamado populismo, una suerte de «partidos del malestar» que mientras que mantenían las miras de la pequeña burguesía y el proletariado puestas en el juego democrático y en la solidaridad nacional como único objetivo legítimo, basaban su fuerza simplemente en recoger la tensión social existente y airearla, sin un fin explícito, excepto la victoria electoral y unas vagas promesas de «restablecer el contrato social».
Existen dos periodos bien definidos de este auge populista, pero el significado político de ambos es exactamente el mismo. En un primer momento, Podemos y sus aliados locales. Un populismo «de izquierdas», que defiende las grandes «alianzas» entre la burguesía y el proletariado que caracterizaron la segunda postguerra europea como su modelo social. Su gran contribución fue revivir a un Partido Socialista prácticamente hundido y reforzar el sistema bipartidista por este lado. En un segundo momento, de manera más difusa toda vez que la tensión social que manifestaba el proletariado en los primeros años de la crisis ya ha desaparecido, tenemos un populismo «de derechas» encabezado por Vox y las facciones del Partido Popular que representan a esas mismas clases medias, sus aspiraciones y objetivos, que en su momento representó Podemos. Más allá de las estridencias retóricas de uno y otro lado de la bancada parlamentaria, ambas corrientes representan exactamente lo mismo y nacen exactamente de las mismas clases sociales: se trata de un malestar que recorre el cuerpo social de la pequeña burguesía, lanzada a una guerra sin cuartel contra ella misma, contra la gran burguesía y contra el proletariado, y que en ningún caso sobrepasa las exigencias características de esta guerra, es decir, pequeñas reformas con las que, por otro lado, busca seducir a la clase proletaria para que se ponga de su lado.
La crisis burguesa, que es la característica que define estos años, muestra las dificultades que la clase dominante tiene para hallar un equilibrio que le permita no tanto controlar y explotar al proletariado (algo que, ahora mismo, no está puesto en duda) sino apaciguar las tendencias centrífugas y hostiles entre sí que han surgido en su seno. La famosa «crispación», la «polarización», etc. no son otra cosa que el reflejo de este dese-quilibrio que se ha instalado en su seno y que se ensambla con un curso de los acontecimientos mundiales que lo refuerza y acelera. No es una crisis que ponga en cuestión el dominio social de la burguesía. Tampoco se trata de una «lucha entre facciones», algo que se correspondería con una situación mucho más desarrollada en este sentido. Pero sí que es un indicador de que los tiempos por venir lo harán cargados de unas tensiones sociales crecientes que requerirán de fortísimas convulsiones para solucionarse.
Y… ¿cuál es el papel de la clase proletaria?
La crisis de la sociedad burguesa se superpone a una crisis generalizada de la clase proletaria que se manifiesta en el terreno político y organizativo. La manifestación más evidente de esta crisis la tenemos precisamente en lo sucedido durante las últimas dos décadas. Mientras la burguesía atacaba sin piedad las condiciones de vida de los trabajadores, reduciendo las prestaciones sociales, hundiendo los salarios, empeorando drásticamente las condiciones laborales, etc... la clase proletaria fue incapaz de ir más allá de algunas respuestas esporádicas y sumamente limitadas. Después de la crisis, llegó la pandemia de Covid y las medidas de «control sanitario» aplicadas por la burguesía de todos los países. Mientras decenas de miles de personas morían por un virus que, de haber contado con los recursos sanitarios adecuados, no habría tenido más impacto que una gripe estacional, un lock out generalizado mandó a millones de proletarios al paro, reduciendo drásticamente sus condiciones de subsistencia a mínimos propios de épocas de guerra. El propio gobierno PSOE-Podemos impuso un sistema de regulación del desempleo (los célebres ERTEs de fuerza mayor) que obligaban a los proletarios a ceder a las empresas y al Estado el 30% de su salario. A la vez que sucedía esto, se militarizó cualquier aspecto de la vida social. Se forzó a los trabajadores a aceptar situaciones inhumanas mientras se les aterrorizaba con una propaganda mediática continua para que aceptasen este amargo trago. De nuevo la respuesta, más allá de los conatos de huelga en los primeros días de la pandemia, fue prácticamente nula.
Esta es la verdadera crisis social de nuestra época: una clase proletaria completamente dominada por el oportunismo político y sindical y tan habituada a la política de colaboración entre clases que, cuando es la propia burguesía la que rompe con esta y le fuerza a aceptar una situación de degradación inédita en las últimas décadas, su capacidad de reacción, es decir, de lanzarse a la lucha en defensa de sus condiciones de vida, por medios y métodos clasistas… parece haber desaparecido.
Sobre el terreno inmediato, en el que la clase proletaria debería batirse para defender sus condiciones de vida más concretas, aquellas vinculadas al salario, a la duración de la jornada laboral, a las muertes en los puestos de trabajo, etc., las largas décadas de paz social unidas al entramado jurídico-legal que la burguesía ha tejido ayudada por sus aliados políticos y sindicales «obreros», parece haber aprisionado al proletariado en una tela de araña de la que no es capaz de salir: tan pronto el impulso a la lucha aparece, da la impresión de que la fuerza comienza a desvanecerse entre mil argucias legales, compromisos, confianzas indebidas en cualquier resorte judicial que se presenta como nuevo, gestos simbólicos, etc. Y, después de esto, si acaso algún grupo de trabajadores permanece con la energía suficiente para continuar la lucha, ya libre de cualquier ilusión de conciliación espontánea, su enemigo de clase cuenta con tanta fuerza que es capaz de descabezarlo sin miramientos y sin apenas resistencia. Esta ha sido la dinámica de las últimas décadas y pocos son los casos que han escapado a ella.
Sobre el terreno político, el que supone el enfrentamiento general de la clase proletaria contra la clase burguesa, la situación es exactamente igual de terrible. La confianza en la democracia, en un Estado colocado por encima de las clases sociales por la propaganda burguesa y que sería garante del bienestar colectivo juega un papel decisivo a la hora de afrontar la política anti proletaria de la clase burguesa. Las grandes ilusiones concebidas en este sentido, incluso en los momentos de mayor agudeza de la crisis económica, muestran el arraigo del mito democrático entre los proletarios. La fuerza obtenida por las corrientes populistas de izquierda y derecha, que han hecho de la defensa del Estado burgués el centro de su programa a la vez que agitan el malestar social como única base de adhesión a su movimiento, dan la forma política más reciente a esta subordinación del proletariado al método de gobierno burgués por excelencia.
Pero la clase proletaria puede ser derrotada temporalmente, pero nunca será vencida de manera definitiva. El viejo topo sigue cavando y de la misma manera que la crisis burguesa «nacional» se inserta en una crisis burguesa de mayores dimensiones y en la cual la perspectiva cada vez más cercana de una guerra a gran escala constituye el gran catalizador de las fuerzas en pugna, la crisis proletaria tiene un horizonte en el cual la misma guerra parece un hito cada vez más seguro.
Los preparativos para esta guerra, que sea cual sea la forma que tome, implicarán un contundente deterioro de las condiciones de vida obreras, tendrán un valor objetivo doble: por un lado, implicarán ese descenso en el tenor de vida de los proletarios, pero por otro minorarán la base real sobre la que se levanta el edificio de la colaboración entre clases. Desde el punto de vista económico, debilitarán los restos que la clase burguesa cede al proletariado en forma de compensación extra por la super-explotación que padece en el sistema productivo capitalista, mientras que desde el punto de vista político evidenciarán que cualquier intento de volver al gran pacto social de postguerra es una quimera… precisamente cuando entramos en una época de preguerra.
Esto no significa, de ninguna manera, que la propia guerra que se otea en la lejanía constituya de por sí la garantía de una reanudación de la lucha proletaria. El futuro enfrentamiento bélico mundial no tiene por qué traer, sin más, el despertar de la lucha de clase. De hecho, los escenarios que puede generar son varios y ninguno puede darse por seguro, mientras que sí puede darse por seguro que los factores de tipo subjetivo que operan en sentido contrario a esta reanudación no se resquebrajarán por sí mismos.
La función del oportunismo político y sindical es, en tiempos de paz, asegurar la sumisión del proletariado a las exigencias burguesas mientras que le prepara para las grandes imposiciones que sufrirá en tiempos de guerra. Por eso la influencia de este oportunismo, cuyo último fin es defender la solidaridad nacional, la gran alianza interclasista que obliga al proletariado para con la burguesía, cobrará una fuerza mayor en las próximas décadas: no puede esperarse un progresivo aflojamiento de las bridas con que este ata a los proletarios, por lo que la fuerza de la clase proletaria -una fuerza histórica que posee objetivamente, por muy difícil que sea la situación por la que pasa- deberá dirigirse tanto contra sus enemigos declarados como contra los aliados que estos tienen en su seno. A su vez esto implica que las posibilidades de un retorno a la lucha de clase gradual, lento y relativamente tolerado, cada vez resulte más difícil de concebir.
Las fuerzas concentradas de la burguesía y sus secuaces oportunistas se dirigirán cada vez con más violencia hacia cualquier manifestación, siquiera potencial, de una ruptura de la paz social. Así lo hemos visto en los últimos años, cuando las huelgas -limitadas y casi vencidas de antemano- en sectores críticos como el metal han sido golpeadas con una violencia que no se veía desde mucho tiempo atrás, y aunque de nuevo esta represión contribuirá al desgaste de las ilusiones democráticas y de los agentes que las sustentan, no puede negarse que su efectividad como elemento de disuasión seguirá siendo inmenso.
Como comunistas revolucionarios que nos colocamos en la línea que va de Marx-Engels a Lenin,a la fundación de la Internacional Comunista y del Partido Comunista de Italiacomo dice el encabezado de nuestra prensa, consideramos que los hechos materiales no han hecho más que confirmar la doctrina del marxismo revolucionario y valoramos la actual crisis de la clase proletaria en función de un desarrollo histórico que ha llevado hasta ella pero también de un futuro que deberá empujarla, tarde o temprano, a reanudar su lucha de clase, tanto sobre el terreno de la defensa inmediata de sus condiciones de existencia como sobre el terreno general de la lucha por el poder, por la destrucción del orden social burgués y la imposición de su dictadura revolucionaria.
Si bien conocemos la difícil situación que todavía se prolongará tiempo (un tiempo que no se puede acortar mediante atajos de ningún tipo), tenemos la certeza de que será la propia sociedad burguesa que hoy aplasta la fuerza de clase del proletariado la misma que mañana le llevará a resurgir con una intensidad inusitada.
Partido Comunista Internacional
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