1935-2025

A noventa años de la fundación del Partido Obrero de Unificación Marxista

(«El proletario»; N° 37; Enero de 2026 )

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En 2025 se cumplieron 90 años de la fundación del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Aunque el POUM no fue un actor decisivo en el curso de la lucha de clase del proletariado español durante el periodo trágico de 1931-1937, tanto la represión ejercida contra el partido y contra sus principales líderes por el Gobierno republicano (1) como la interpretación de su actuación en 1936 y 1937 como una supuesta oposición a los designios estalinistas de la Internacional de Moscú, lo han convertido en un referente histórico que revela el verdadero peso de la contrarrevolución mundial capitaneada por la burguesía, fascista y democrática, y por sus aliados socialdemócratas y estalinistas.

Para el marxismo revolucionario, para la Izquierda Comunista de Italia entonces -en cuyas publicaciones ya podía leerse una crítica totalmente rigurosa hacia el POUM- y para nosotros hoy, el valor histórico del POUM es esencialmente negativo, porque muestra, con un ejemplo práctico y trágico, la profundidad de la contrarrevolución y la imposibilidad de salir de ella, en particular de «construir» el partido de clase, siguiendo un criterio voluntarista y veleidoso. El POUM no significó un hito en la lucha contra la contrarrevolución, no fue un elemento de orientación que, pese a su terrible fin, aportase un valor positivo directo a las nuevas generaciones proletarias que debían librarse del yugo estalinista. Muy por el contrario, contribuyó a aumentar la falta de norte político y a agotar las ya de por sí exhaustas energías del proletariado y es por eso que, más allá de los homenajes de tipo romántico que se dirigen hacia este partido y sus líderes más reconocibles, es necesario incluirlo en el balance histórico de la derrota del proletariado peninsular y mundial en sus justos términos.

El POUM se fundó como resultado de la fusión del Bloque Obrero y Campesino con la inmensa mayoría de la Izquierda Comunista Española bajo el influjo de la derrota de la insurrección obrera de 1934. Las bases que favorecieron esta fusión fueron del todo heterogéneas, inspiradas en un anti estalinismo vago y circunstancial, en el mejor de los casos, así como en la creencia de que la próxima «revolución española» que debía resurgir de la derrota de 1934 requeriría de un partido marxista capaz de guiarla. La realidad de esta unificación entre dos corrientes que durante largos años se habían mostrado hostiles entre sí, es que su fuerza motriz no estuvo tanto en una valoración realmente marxista de la situación que afrontaba la clase proletaria española y mundial (situación de la que se derivaba esa trágica ausencia del partido de clase después de la debacle estalinista) sino en la creencia de que era posible forzar, mediante un compromiso de acción, las trabas políticas que se presentaban y que, además, esto se podía hacer en términos exclusivamente nacionales (españoles).

Por parte del BOC, la trayectoria política seguida, desde su fundación hasta 1935 es básicamente la de una corriente republicana extremista que representaba a las clases medias campesinas y a limitadísimos estratos proletarios de cuello blanco. Su origen se encuentra en la ruptura de la Federación Comunista Catalano-Balear del PCE con el centro nacional del partido, que tuvo lugar en 1930, después de la caída de Primo de Rivera, como consecuencia de la deriva caótica que la política del tercer periodo estalinista había impuesto al Partido. De ninguna manera puede suponerse que la Federación representase algún tipo de fuerza marxista sana: desde su origen, hasta su expulsión del PCE, representó una corriente mucho más próxima al sindicalismo (no en vano su líder más visible fue Joaquín Maurín, tan alejado siempre del marxismo como próximo a las corrientes pequeño burguesas nacionales) que a cualquier tendencia comunista digna de tal nombre. Cuando en 1930 la Federación fue expulsada del PCE todavía pretendía reivindicar ser la verdadera representante de la Internacional degenerada en España y su salida del Partido no se realizó sobre la base de una crítica a las posiciones anti marxistas que éste había aceptado, ni siquiera sobre el terreno más inmediato de la situación española, sino sobre una defensa de esas mismas posiciones… que el PCE habría traicionado.

El BOC como tal fue la plataforma que creó la Federación con el fin de conformar una organización pantalla que permitiese sumar a simpatizantes y elementos de clases no proletarias que, bajo la presión de la tensión social que iba en aumento, comenzaban a sentir atracción por los partidos de izquierda y, concretamente, por uno tan radical como esta supuesta corriente «comunista». Finalmente fue el BOC el que acabó por representar a la Federación y ésta se diluyó en su seno sin que sus líderes hicieran ningún esfuerzo por justificar este hecho. Esta situación no tuvo una importancia meramente organizativa, sino que evidenció el abandono de toda veleidad marxista en favor de un bloque interclasista que agrupase, bajo un programa democrático radical, a diferentes estratos «populares». Puede decirse, en este sentido, que el BOC fue el partido republicano de aquellos elementos que no encontraron acomodo en las fuerzas tradicionales y que, espoleados por la agitación social del momento y seducidos por las reivindicaciones republicanas y nacionalistas de las que el BOC se hizo cargo, tanto como por cuestiones económicas inmediatas (caso de los rabasaires) se lanzaron a la lucha política bajo el paraguas de un «marxismo heterodoxo» en el que cabía cualquier cosa.

Esta visión no es una interpretación nuestra o a posteriori.  Tanto el programa del BOC como sus posicionamientos políticos concretos son la expresión de una pretendida alianza entre el proletariado y las clases medias. En su artículo de 1931 «La revolución española», publicado en la revista teórica del grupo La Nueva Era, el Bloque afirmaba:

«España llega tarde a la Revolución democrática. Cuando casi todo el mundo ha logrado, en el transcurso del siglo XIX, desembarazarse de las supervivencias feudales, España inaugurá este proceso de transformación social con un retraso evidente. Por eso aquí la Revolución ha de ser más honda, más intensa. […] Las fuerzas motrices de la Revolución son el proletariado, los campesinos pobres, el movimiento nacionalista y una parte importante de la juventud que aunque de origen pequeño-burgués, desea que la Revolución haga dar un salto a España en el camino de su transformación social».

No es necesario mucho esfuerzo para notar la distancia que separaba al BOC de un posicionamiento marxista.

 

La Izquierda Comunista Española (ICE), la segunda de las organizaciones que convergieron en el POUM, fue, en sus orígenes, la organización que reunía en España a los partidarios de Trotsky y su Oposición Internacional. No se trató de un grupo trotskista en el sentido neto del término porque si bien en un momento agrupó a los elementos que rompían con el PCE sobre la base de una adhesión (sin duda más emocional que política) a las posiciones del revolucionario ruso, los acontecimientos españoles tardaron poco en plantear desavenencias entre la ICE y el centro trotskista internacional. De nuevo, al igual que sucedió con el BOC, no debe pensarse que estas desavenencias venían a suponer un intento por parte de la ICE de rectificar el rumbo extraviado de la Oposición, ni sobre los acontecimientos internacionales ni sobre los propiamente españoles. Mientras que la corriente trotskista mantenía unas posiciones completamente erróneas al respecto de los problemas de la llamada «revolución española» (necesidad de apoyar el «movimiento de masas» republicano, posibilidad de forjar el futuro partido comunista a partir de éste, defensa de las Cortes Constituyentes revolucionarias, etc.) la ICE buscaba ir más allá en el fondo democrático de esta política en la medida en que identificaba plenamente el desarrollo de la República con una fase en sí misma de la revolución proletaria (2) y pensaba que la tarea de preparar el partido de la revolución debía hacerse conjuntamente con organizaciones no específicamente marxistas y sobre un plano que, tanto teórica como políticamente, exigía una «flexibilidad nacional» que le permitiese ser aceptado por las clases populares, pequeño burguesas, que constituían el verdadero cuerpo social republicano.

La fusión entre el BOC y la ICE para dar lugar al POUM se presentó, por parte de ambas organizaciones, como una consecuencia de la durísima derrota sufrida por el proletariado tras la insurrección de octubre de 1934. Así lo expresaba Andrés Nin, el líder de la ICE, en 1935:

 

«Excepto de la gloriosa insurrección de Asturias, al proletariado español le ha faltado conciencia de la necesidad de la conquista del poder. Allí donde el Partido Socialista gozaba de más influencia, la clase obrera no había recibido las enseñanzas que el partido revolucionario del proletariado tiene la obligación de infiltrar en la conciencia de las masas populares. Los anarquistas no secundaron el movimiento por su «carácter político» y porque no establecían distinciones entre Gil Robles, Azaña y Largo Caballero. Por eso era necesario un partido que, interpretando los intereses legítimos de la clase obrera, se esforzara en constituir previamente los organismos del frente único, con el fin de conquistar a través de las Alianzas Obreras, la mayoría de la población. Le ha faltado al ejército revolucionario un estado mayor con jefes capaces, estudiosos y experimentados. SIN PARTIDO REVOLUCIONARIO, NO HAY REVOLUCIÓN TRIUNFANTE. Esta es la única y verdadera causa de la derrota de la insurrección de octubre. Que no se atribuya este fracaso a la traición de los anarquistas, con los cuales no se había contado, ni a la deserción de los campesinos, mal trabajados por la propaganda, ni a la traición evidente de los nacionalistas vascos y catalanes, temerosos por el cariz que tomaban los acontecimientos, que sobrepasaban sus intenciones democráticas. El partido revolucionario de la clase obrera tiene la obligación de prever estas contingencias, con el fin de obrar, como es menester, antes y después de producirse.

A pesar de todo, este fracaso no significa que el movimiento obrero esté liquidado. La clase trabajadora ha sido vencida, pero no eliminada, con la particularidad de que el movimiento ha permanecido intacto en la mayoría de las poblaciones españolas, porque la clase obrera se ha mantenido a la reserva sin agotarse. El proletariado español se ha enriquecido con una experiencia más, que si se analiza en todos sus aspectos con espíritu crítico y sin tratar de justificar actitudes fracasadas, redundará en provecho de la causa revolucionaria, como también demostrará el fracaso de dos ideologías que tienen las mismas raíces económicas: del reformismo y del estalinismo, como ideologías de la pequeña burguesía burocrática». [Andrés Nin, Las lecciones de la insurrección de octubre (La Estrella Roja 1/12/1934)]

 

Este balance, aunque formalmente pertenece a la ICE, puede atribuírsele al BOC: fue precisamente el acuerdo sobre la naturaleza del movimiento de 1934 y sobre las perspectivas que éste abría que se fraguó el acuerdo entre ambas corrientes. En particular sobre esa señalada «ausencia del partido de clase» que ambas organizaciones se aprestarían a solventar mediante su fusión y la proclamación del POUM y sobre una evidente sobrevaloración de la capacidad revolucionaria de un proletariado al que consideraban a las puertas de un nuevo intento revolucionario.

Más allá de la valoración de las corrientes que dieron lugar al POUM, cuya importancia se mostró como muy limitada en los acontecimientos posteriores porque en ningún momento llegaron a permitir la articulación de una respuesta al oportunismo abierto y descarado de que hacía gala el partido (3), la cuestión central que se plantea en torno a la fundación del POUM es la de los términos en que aparece y se desarrolla el partido de clase. Porque la tesis fundamental del BOC y de la ICE en 1935 es clara: el auge revolucionario del proletariado español pone a la orden del día la fundación de un partido revolucionario capaz de conducirlo a la victoria definitiva. De lo que se siguen dos argumentos que son los realmente importantes. El primero, que la crisis política y organizativa que arrastraba el proletariado internacional como consecuencia de la degeneración estalinista de la Internacional y del proceso contrarrevolucionario triunfante en Rusia, podía ser revertido mediante una fusión de bloques políticos sin necesidad de un balance acerca de la naturaleza y el alcance de la derrota proletaria en la década anterior. El segundo que, pese a ser internacional la base de la contrarrevolución, era posible una reanudación de la lucha en los términos en que se había planteado en 1917 partiendo de un marco exclusivamente nacional, es decir, que el proletariado español, que hasta la fecha marchaba a la retaguardia política del proletariado euro-americano, constituiría el catalizador de un nuevo auge revolucionario.

Respecto a la segunda suposición, que es heredera precisamente de esa incapacidad política del proletariado español (fruto, a su vez, del particular desarrollo económico español) simplemente hay que señalar que la tensión localista (e incluso nacionalista) estuvo siempre presente tanto en el BOC que, de hecho, se presentaba como un partido pan-nacionalista en la medida en que consideraba que la revolución burguesa pendiente en España exigía un estallido centrífugo del Estado central, como en la ICE, que hizo de la reivindicación del particularismo español su principal argumento contra la corriente trotskista. Desde estas posiciones era natural que la dimensión internacional de la reanudación de la lucha revolucionaria y de sus exigencias básicas se contemplase como un aspecto secundario o incluso no se tuviese en cuenta en absoluto.

Es, por lo tanto, el primer argumento el que resulta más relevante.  En 1935, la gravedad de la crisis política que padecía el partido de clase, ya prácticamente desaparecido incluso en su dimensión exclusivamente nominal, era evidente. Pero sus causas no lo eran. Por un lado, el triunfo de la contrarrevolución en Rusia pese a que su reversión estaba prácticamente excluida, aún no se había desarrollado al punto de mostrar claramente sus fundamentos. Por otro lado, la degeneración del Partido, encarnado en la Internacional, generaba aún la suficiente confusión como para que, incluso los elementos sanos que habían sabido mantenerse al margen de la vorágine oportunista que cundía en su seno (4), no pudiesen formular los términos precisos de esta degeneración ni el camino correcto de vuelta a las tesis marxistas en los diferentes planos en los que el norte se había perdido.

Con estalinismo, con centrismo, términos habituales en la época, se denominaba a una contrarrevolución cuyo cénit no se había alcanzado aún y que no permitía, por lo tanto, contemplar su verdadero alcance. Un antiestalinismo, o una posición izquierdista, como posiciones dirigidas contra la dirección de la Internacional no podían significar nada más que una respuesta genérica que no abordaba los problemas centrales de la degeneración oportunista de ésta ni de la restauración capitalista en Rusia.

En 1926, Bordiga respondió a una carta de Karl Korsch en la que éste le planteaba la necesidad de un reagrupamiento de las corrientes de oposición a la Internacional Comunista como primer paso para la reconstitución del partido revolucionario, librado ya, pretendía Korsch, de la lacra anti comunista. Para definir la insuficiencia de esta base de adhesión meramente antiestalinista y la imposibilidad de que tal constituyera el fundamento de una reorganización política del comunismo internacional, dijo: «[…] De modo general, pienso que lo que hoy debe ser puesto en primer plano es, más que la organización y la maniobra, un trabajo previo de elaboración de una ideología política de izquierda internacional basada en las experiencias elocuentes que ha conocido el Komintern. Como este punto está lejos de ser realizado, toda iniciativa internacional parece difícil […]» (5)

Es decir, rechazo a las reagrupaciones fundamentadas en la oposición genérica a las tesis estalinistas, que sólo podían basarse en un esfuerzo organizativo que no se levantase sobre un balance de la contrarrevolución y su alcance, en favor de un largo trabajo de restauración doctrinal que debía, este sí, realizarse a partir de la evaluación de la naturaleza de la contrarrevolución y su repercusión a todos los niveles.

Esto que era válido en 1926 lo era aún más en 1935, cuando la presión creciente de las fuerzas contrarrevolucionarias había generado tanto el declive de la Internacional como la puesta en cuestión de los mismos fundamentos del marxismo revolucionario. Y esto incluso por las corrientes que se consideraban de oposición y que habían acabado por adoptar el propio revisionismo estalinista en la medida en que buscaban en los propios fundamentos del comunismo revolucionario los errores que habrían determinado el fin de la experiencia revolucionaria rusa e internacional.

 

La solución particular que el POUM planteó a esta situación es un ejemplo claro de la deriva a la que se vieron sometidas estas corrientes que se oponían sólo a los aspectos superficiales del estalinismo pero sin entender el alcance real de éste y sin ser capaces de remontarse a las cuestiones de principio que deben estar en la base del trabajo marxista para plantear siquiera la vía de la reanudación de la lucha revolucionaria. De 1935 a 1937 el POUM pasó de auto proclamarse el partido de la revolución, colocado sobre la senda marxista correcta, a participar en el gobierno de la Generalidad de Cataluña dentro de un marco de guerra antifascista. Con ello, sancionó toda la obra anti proletaria que desde las organizaciones sindicales y políticas (de CNT al nacionalismo republicano) lanzaron contra el impetuoso movimiento de clase que comenzó el 19 de julio. En un declive que afectó absolutamente a todos los ámbitos del partido, el POUM acabó por aceptar resignado la derrota militar contra las fuerzas republicanas y el desarme de los proletarios que en mayo de 1937 se batieron en las calles. Puede decirse, desde este punto de vista, que el POUM fue un elemento de desorganización del proletariado y que, lejos de dar una contribución a la salida de su situación de derrota, contribuyó a liquidar las pocas fuerzas de las que aún podría haber dispuesto.

En 1935 la contrarrevolución aún no había mostrado su verdadero alcance. Habría que esperar casi dos décadas para que los pocos elementos que se habían mantenido firmes en las tesis marxistas pudiesen comenzar a extraer las lecciones que la derrota rusa e internacional arrojaba, y verificar a través de ellas la validez histórica del marxismo. Este trabajo de balance se realizó (no puede ser de otra manera para los marxistas) como partido. Porque es precisamente el mantenerse sobre esta línea intransigente y ser capaz de trabajar coherentemente sobre el hilo rojo de los principios marxistas lo que da carta de naturaleza al partido. Un partido que, como se ha señalado varias veces desde 1952 en adelante, debe aparecer, necesariamente, en épocas de contrarrevolución, y hacer de las dificultades que plantea mantenerse en la vía correcta el criterio de selección, externo e interno, que permita forjar el partido compacto y potente de mañana.

 

 

Partido Comunista Internacional

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