América Latina, en el centro del huracán
(«El proletario»; N° 37; Enero de 2026 )
En El Programa Comunista n° 27-28 de junio de 1978, tratando de aclarar algunas cuestiones que se trataban , sobre los términos en los que la revolución proletaria podía objetivamente plantearse en América Latina, en el cuadro general dado acerca de esta región del mundo en números anteriores de la revisa, se decía:
El atraso de América Latina -atraso que varía según el país considerado- no debe velarnos el hecho de que, contraria mente al caso de Asia, en la época del «gran despertar» chino-; y con mayor razón, al de África de hoy, América Latina constituye un bloque relativamente homogéneo, no en el sentido de que hayan desaparecido los obstáculos y las inercias del pasado precapitalista (¡muy por el contrario!), sino en el sentido de que estos obstáculos e inercias persisten, aunque su existencia disminuya, dentro del cuadro de una revolución general capitalista de la que no escapa ningún país, y que les imprime a todos un sello común. Sobre este bloque se extiende una densa red de intereses, relaciones económicas comerciales, políticas y financieras que tienen su centro en Washington, y que lo vuelve cada vez más permeable a las influencias del mundo moderno. Esta red, que es hoy el vehículo de la dominación imperialista yankee, será mañana - aunque más no sea por razones objetivas - el vehículo de la corriente de un movimiento continental de clase de altísima tensión. Esta red es infinitamente más continua y más integrada que la que corría entre Europa Central y Rusia en 1919-1923.
En situaciones revolucionarias, la gigantesca clase obrera norteamericana agregará su peso al de la clase obrera latinoamericana, y, en una coyuntura favorable su peso conjunto superará la suma de sus pesos respectivos. La estadística económica latinoamericana no nos lo dice, ni puede decírnoslo; los sismógrafos sociales no dejaran de registrar el fenómeno, independientemente de sus consecuencias y desarrollos ulteriores.
Los casi cincuenta años transcurridos desde entonces no han visto aparecer ese movimiento continental de clase de altísima tensión que debería haber circulado por la región levantando a las masas proletarias, las cuales estaban dando en aquel momento indicios de la posibilidad de un resurgir clasista a gran escala. Sin embargo, esto no anula las premisas fundamentales de nuestra valoración de entonces.
La primera de ellas que «América Latina no parte del nivel cero de una revolución democrático-burguesa aún por hacer: parte de un estadio intermedio de una revolución burguesa hecha desde arriba, y no empujada hasta sus últimas consecuencias y, por lo tanto, replegada en sí misma. Ella no está en la periferia del área el capitalismo ultra desarrollado, sino en estrecho contacto con él. Su joven proletariado debe recorrer todo el camino que separa las condiciones subjetivas de las condiciones objetivas de su revolución.»
La segunda que la dominación imperialista a cargo de Estados Unidos era un condicionante de primer orden que se insertaba en el marco de relaciones sociales capitalistas agitando y volviendo convulsas las condiciones creadas por la incapacidad de las oligarquías nacionales de llevar hasta el final los términos de la revolución burguesa.
Y, finalmente, que «en la perspectiva más lejana que es la nuestra, la única que esta materialmente fundada, el partido finalmente reconstituido y, dotado de una gran influencia en las filas de un proletariado cuantitativa y cualitativamente consolidado dentro de una sociedad burguesa que habrá atacado seriamente en sus fundamentos la herencia de un pasado arcaico, partido que actuará en el marco de una crisis capitalista mundial, no podrá dirigir a la clase trabajadora hacia el asalto del imperialismo (que ha penetrado por todos los poros. agrarios y no agrarios, rurales y urbanos, de América Latina), y hacia una transformación profunda de las relaciones económicas y sociales en el campo, si no le plantea como objetivo su revolución. Esta revolución continental y anti imperialista por excelencia, que madura en las vísceras de un área económica atravesada en todas las direcciones por el movimiento irresistible de la expansión capitalista, es inseparable de la revuelta de las plebes campesinas y urbanas, y ha de tener conciencia de que incluso la solución de los problemas seculares de vida y de trabajo de estas exige la destrucción de toda relación mercantil asalariada, y de todo Estado erigido para defenderlas.»
Como decimos, la ausencia de un movimiento de clase que haya puesto la revolución comunista a la orden del día en el subcontinente (algo, por otro lado, que tampoco ha sucedido en el resto del mundo) no ha implicado que las contradicciones que la peculiar situación económica, social y política de América Latina se hayan continuado desarrollando hasta extremos que hace cincuenta años podían incluso resultar impensables.
En el terreno político, las diferentes formas de reformismo y oportunismo que se han dado en los diferentes países de la región y que, cuando escribimos el artículo citado se mostraban muchas bajo formas de oposición clandestina y/o armada a los regímenes imperantes, han llegado en un momento u otro al poder, constituyendo una fuerza clave para que las burguesías nacionales pudiesen mantener sin demasiada zozobra su dominio. Una vez superada la fase de intervención directa norteamericana, que abarcó desde los años 50 del siglo pasado hasta los 90, corrientes como el peronismo, el sandinismo, los tupamaros, etc., han alcanzado, de una manera u otra, presencia gubernamental de acuerdo con las oligarquías locales y con el amo norteamericano que optó por un control suave y cierta permisividad después de sus sangrientos movimientos anteriores.
En el terreno económico, todos los países de América Latina padecieron las consecuencias más duras de las crisis capitalistas, desde 1973 en adelante, y vieron sus respectivas economías nacionales duramente afectadas por la posición deudora de sus Estados ante las grandes potencias imperialistas, por diferentes sobresaltos de alcance limitado o por la intervención del Fondo Monetario Internacional y sus draconianas medidas de ajuste ante la posibilidad de la bancarrota del Estado.
Socialmente, las consecuencias de estas sucesivas crisis económicas han dado lugar a una especie de crisis social permanente caracterizada por la situación de pobreza crónica de buena parte de las masas populares latinoamericanas, la acentuación de los fortísimos desequilibrios creados por la aglomeración de ingentes cantidades de población en las ciudades y los flujos migratorios continuados hacia Estados Unidos, donde el proletariado latino ya constituye una mayoría social en muchas ciudades.
A esta terrible situación, se suma el hecho de que la región es, cada vez más, el botín deseado por los diferentes imperialismos que compiten por el dominio mundial. Al tradicional control norteamericano, que ni siquiera ha llegado a ser alterado por los intentos europeos (con España a la cabeza) por lograr cuotas de dominio económico y financiero, se le opone hoy la creciente influencia china, que busca aliados en países como Brasil, Venezuela, México y, hasta hace poco, Argentina, para comerciar con materias primas a cambio de exportar el copioso excedente industrial que producen sus fábricas.
Este enfrentamiento entre potencias rivales cobra hoy una intensidad especial en Venezuela por las amenazas continuas que el gobierno norteamericano lanza contra su gobierno, al que acusa de sostener las redes de narcotráfico que entran por el Caribe hasta su país. Detrás de esto se encuentra el giro dado por la política exterior norteamericana en los últimos años: previendo la necesidad de acumular fuerzas para un futuro enfrentamiento con China, Estados Unidos ha tomado la drástica decisión de retirarse de empeños prolongados, costosos y relativamente infructuosos (sobre todo Ucrania) y centrar sus energías en el ámbito de influencia que realmente puede controlar. De esta manera, se trata tanto de garantizarse el vasallaje de aquellos países que han sido tradicionalmente sus aliados (Argentina, por ejemplo) como de reimponer el orden en aquellos cuyo posicionamiento en el tablero internacional ha virado hacia Oriente. Es el caso de Venezuela, un país que cuenta con unas reservas de petróleo sustanciosas (1) y que ocupa un espacio geográfico privilegiado para controlar el acceso al mar Caribe y al interior de América Latina. Para Estados Unidos, posiblemente, el objetivo no sea una invasión militar a la vieja usanza (precisamente porque conoce las consecuencias de ello y no podría afrontar una guerra de este tipo) sino lograr una transición relativamente pacífica que respete la estructura político-económica existente, ya incontestable después de décadas de régimen bolivariano, pero que fuerce una apertura hacia sus intereses comerciales. Dada la increíble debilidad de la burguesía anti-chavista, incapaz de organizar la oposición interna y que prefiere emigrar a Miami o a Madrid antes que embarcarse en nuevos proyectos políticos, la gran baza de Estados Unidos reside en forzar un cambio desde dentro del propio sistema.
En el polo opuesto se encuentra Argentina. Desde la victoria de Milei en las elecciones presidenciales (refrendada hace unos meses por su mayoría en el Congreso), este país se ha convertido en el ojo derecho del gigante norteamericano. No en vano una de las primeras medidas del nuevo presidente fue sacar a Argentina del grupo de los BRICS y, por lo tanto, sustraer al país, relativamente, claro, de la influencia china. Después se encargó de abrir la explotación minera a las empresas norteamericanas y de permitir la instalación de bases militares en el extremo sur del país, punto clave para el comercio marítimo internacional. A cambio, el Fondo Monetario Internacional le ha inyectado más de 20 mil millones de dólares para garantizar su estabilización macroeconómica, el desarrollo comercial, etc. Todo ello, por supuesto, a costa de unos intereses que mantendrán endeudado al país durante décadas. Todo el secreto de la «novedosa» política económica de Milei (que es, realmente, la de su segundo de abordo, Caputo, hombre para todo de la burguesía en el Gobierno) ha tenido este único eje: flujo continuo de dólares americanos para mantener las cuentas nacionales mientras se reducen los salarios (35% de pérdida de poder adquisitivo en lo que se refiere al salario mínimo) y eliminación de todo gasto social considerado como superfluo. Con esto se busca una reordenación económica del país que le saque de la espiral inflacionista (realmente, de la crisis económica comercial) en que se había sumido durante las últimas décadas, mientras que se vira bruscamente en términos de política exterior. La fuerza democrática de Milei, su capacidad de crear un bloque anti peronista que involucró a buena parte de las clases medias arruinadas y las movilizó electoralmente, ha permitido que este cambio se realice en un estado de absoluto knockout del proletariado, arrastrado al mismo a la confianza democrática y a la superstición electoral y, por lo tanto, incapaz de salir del marasmo de la colaboración interclasista.
En Chile las elecciones parlamentarias y presidenciales chilenas de 2025, celebradas en noviembre y diciembre, enfrentaron a los dos polos del espectro político burgués: la derecha, representada por el candidato de extrema derecha José Antonio Kast, que tras la primera vuelta obtuvo inmediatamente el apoyo del resto de candidatos de derecha, y la izquierda, representada por la candidata «comunista» Jeannette Jarra. Sin embargo, el supuesto choque fundamental entre la derecha y la izquierda es pura ficción: los principales lemas de ambos bandos fueron la política de inmigración, la delincuencia y el llamamiento a «sanar la economía», es decir, temas que se encuentran en el núcleo de la gestión capitalista de la sociedad. La obligación de participar en las elecciones —de nuevo desde la interrupción entre 2012 y 2023—, acompañada de la amenaza de una multa de hasta 105 000 pesos chilenos (unos 95 euros) para los que no votaran, ilustraba la necesidad del régimen de jugar con la ilusión del compromiso democrático y la legitimación del régimen mediante la movilización de las masas. Las excepciones, para los enfermos, los discapacitados, los residentes a más de 200 kilómetros de distancia o las personas que residen en el extranjero desde hace mucho tiempo, requerían una confirmación burocrática, mientras que más de 800.000 migrantes con una residencia superior a cinco años podían votar voluntariamente , y las encuestas mostraban su tendencia a apoyar a la derecha, sobre todo debido al gran grupo de migrantes procedentes de Venezuela, que habían huido del régimen capitalista de ese país, enmascarado como «socialismo» y «antiimperialismo».
Chile es un país en el que se concentran tanto la realidad más cruel del régimen capitalista como la viva resistencia del proletariado y los pueblos originarios mapuches, y al mismo tiempo las ilusiones persistentes asociadas a la democracia, la izquierda, el camino nacional hacia el socialismo y las reformas parlamentarias. Para comprender la constelación actual, es necesario recordar la base material de la sociedad chilena. La economía chilena, con un PIB de alrededor de 347.000 millones de dólares, se basa en un fuerte predominio de los servicios (más del 56,9 % del PIB, datos de 2023), que, sin embargo, emplean principalmente a un proletariado de bajos ingresos, inestable y precario. La minería —cobre y litio— y las actividades relacionadas con ella representan aproximadamente el 20 % del PIB, pero solo el 2-3 % de los puestos de trabajo, el 10 % si se tienen en cuenta las actividades auxiliares. Se trata de un sector con una acumulación extrema de capital, vinculado a empresas transnacionales que generan riqueza que va a parar a manos de unas pocas familias y empresas extranjeras, dejando tras de sí una considerable carga ecológica. No es casualidad que unas pocas familias multimillonarias posean una riqueza equivalente a casi el 17 % del PIB chileno, lo que supone una concentración de riqueza sin precedentes incluso en el seno de la OCDE. Esta estructura material se correlaciona con un Estado social débil, salarios bajos y una desigualdad de clase persistente: Chile es la encarnación de una pequeña élite extremadamente rica y una amplia mayoría de trabajadores que viven al límite de la reproducción de su propia fuerza de trabajo.
El sistema social funciona aquí como un complemento del capital, no como un cómodo y adormecedor amortiguador social de las masas. El seguro de desempleo es parcial, de duración limitada y ofrece una cobertura muy escasa a los sectores de bajos ingresos. La ayuda social se dirige a los más pobres y, por lo tanto, es escasa, estigmatizante y, en la práctica, no compensa el coste real de la vida. El sistema sanitario es, en general, dual: la FONASA pública, que sufre una financiación crónicamente insuficiente, cubre aproximadamente al 80 % de la población, mientras que las clases con mayores ingresos pagan una ISAPRE privada con primas diferenciadas en función del riesgo, lo que genera grandes beneficios para los fondos privados. El sistema de pensiones, producto del ataque neoliberal de la dictadura de Pinochet, se basa en el ahorro individual de capital en fondos privados que invierten en los mercados globales; el Estado solo garantiza una pensión mínima bajo condiciones estrictas. Para los proletarios, cuya vida laboral se caracteriza por el empleo intermitente, los bajos salarios y la precariedad frecuente, esto significa pensiones miserables, trabajo hasta una edad avanzada y dependencia de la familia o de los escasos subsidios del Estado. El sistema educativo chileno está segmentado y fuertemente privatizado: las escuelas públicas están infradotadas y son para los más pobres, las escuelas subvencionadas ofrecen la ilusión de ascenso social a costa del esfuerzo financiero de las familias, y las escuelas privadas de élite sirven para reproducir a las clases dominantes.
Por lo tanto, no es de extrañar que Chile sea un país de protestas incesantes: las luchas estudiantiles de 2006 y 2011-2013 contra la comercialización de la educación; el movimiento No+AFP en 2016-2019 contra el sistema privatizado de pensiones; y, por último, el levantamiento social de 2019, provocado por el aumento del precio del transporte, pero que surgió de un profundo descontento social por el aumento del coste de la vida, los bajos salarios y la precariedad. El levantamiento se cobró cientos de heridos y decenas de muertos, y demostró que incluso el Estado capitalista democrático pospinochetista responde con violencia a los movimientos sociales. Sin embargo, el proletariado y las capas pobres mapuches fueron nuevamente llevados de vuelta a los límites de la farsa parlamentaria a través del llamado Pacto por la Conciliación Social y la Nueva Constitución, cuyas propuestas finales fueron rechazadas en 2022, tras dos años de orgías electorales, especialmente en las regiones obreras y mapuches, porque no reflejaban la realidad material de las masas.
Las últimas elecciones son las primeras tras la consolidación del statu quo que surgió del levantamiento de 2019 y la posterior llegada al poder del Gobierno de centroizquierda de Gabriel Boric, bajo la coalición Apruebo Dignidad, que incluía al Partido Comunista y, más tarde, a parte de la tradicional centroizquierda. Este gobierno, aparentemente de izquierdas, ecologista, feminista y socialdemócrata, traicionó rápidamente sus promesas. En la era poscovid, la población chilena sufrió una inflación de alrededor del 11-12 %, mientras que el valor de la cesta básica de alimentos aumentó un 28,2 % en 2022, lo que afectó especialmente al 40 % de los hogares con menores ingresos. Sin embargo, el gobierno de izquierda continuó con la agenda del capital: reforzó los cuerpos represivos, aumentó los presupuestos de la policía, desplegó al ejército contra los mapuches, adoptó medidas duras contra los migrantes y no alteró en absoluto los pilares neoliberales de la economía. La candidata presidencial «comunista» Jara, como ministra de Trabajo, aplicó una política fiscal restrictiva y su reforma de las pensiones reforzó aún más el sistema de ahorro individual, lo que fue celebrado incluso por los representantes de la derecha y los arquitectos del modelo pinochetista AFP.
Así, se repite el clásico péndulo político: centroizquierda-derecha-centroizquierda-derecha, y luego una nueva izquierda progresista, pero que mantiene la configuración de clases básica. Se trata de una ilusión recurrente que el proletariado deposita en la izquierda burguesa y en la delegación de su lucha a fuerzas firmemente integradas en el orden capitalista. Esta alternancia no cambia nada su situación: la explotación, los ataques a los desposeídos y la militarización de la sociedad continúan y se intensifican. La ilusión en la izquierda burguesa se ve así socavada por su propia culpa.
El proletariado debe aprender la lección de esta alternancia de quienes, durante cuatro u ocho años, deciden cómo ser explotados, oprimidos, reprimidos e incluso asesinados en interés del capital, como ha sido frecuente para los líderes del movimiento de resistencia mapuche. Del mismo modo, debe aprender la lección de 1973: no debe delegar su lucha en las fuerzas parlamentarias y, mucho menos, en los gobiernos reformistas de izquierda. Estas fuerzas, ya sean tradicionales o nuevas, expresan los intereses de otras clases o mezclan los intereses de otras clases superiores y, por lo tanto, al final sirven al capital, proporcionan estabilidad al régimen capitalista y lo defienden de un verdadero ataque de clase por parte del proletariado y las masas pobres. La perspectiva de futuro es liberarse de este péndulo político, reconocer vuestros propios intereses de clase, suprimir la influencia de todos los agentes de la explotación capitalista de las demás clases, incluidos los elementos empobrecidos y los intelectuales de la pequeña burguesía, en la reorganización del movimiento de clase. Es necesaria la reanudación de la organización de clase independiente y la entrada en el terreno de la verdadera lucha de clase, que sólo puede ser política y debe dirigirse hacia la lucha por el poder sobre la dirección de la sociedad cuyas chispas han aparecido históricamente en momentos decisivos, desde los cordones industriales hasta el levantamiento de 2019.
El proletariado debe aprender la lección más importante: su desunión —por nacionalidad, etnia u otras divisiones en las que le divide el régimen capitalista— es la principal baza de la burguesía para su dominación.
Partido Comunista Internacional
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