El combate contra la discriminación y el racismo anti inmigrantes, terreno esencial de la lucha de clase proletaria
(«El proletario»; N° 37; Enero de 2026 )
Los sucesos de Badalona, donde varios centenares de inmigrantes fueron desalojados de un antiguo colegio en el que malvivían, son el último caso de una serie de agresiones contra los inmigrantes que han tenido en los sucesos de Torre Pacheco este verano su caso más llamativo, pero no el único.
Decimos el último caso, pero realmente deberíamos hablar de uno de los primeros, porque en realidad estamos asistiendo al inicio de un periodo en el que la inmigración, principalmente la inmigración proletaria, va a estar en el centro de la diana de la propaganda nacionalista y racista que acompañará al más que previsible aumento de la tensión social que viviremos en los próximos años.
En este caso ha sido el Ayuntamiento de Badalona, con el sheriff Albiol a la cabeza (un personaje que siempre ha hecho bandera del racismo anti proletario como banderín de enganche electoral en su ciudad). Pero hace unos meses fueron los reiterados llamamientos a movilizarse contra centros de acogida de inmigrantes o para realizar verdaderos pogromos en Torre Pacheco. Y vendrán más situaciones similares, irremediablemente. La inmigración es una de las piedras de toque fundamentales en los países centrales del capitalismo, sobre todo en Europa y Estados Unidos. Según los datos oficiales para España, la población inmigrante supera los 9 millones de personas (de los casi 50 que conforman la población española) y crece a un ritmo de 600.000 inmigrantes anuales desde 2020; además, la población inmigrante representa el 23% de la población ocupada en España. El 90% del empleo nuevo creado desde enero de 2024 a marzo de 2025 ha sido ocupado por inmigrantes. Como dato significativo algunos sectores de actividad dependen ya completamente o en gran medida del empleo inmigrante, dándose el caso de que hasta un 72% del empleo en el servicio doméstico y hasta un 45% en la hostelería es inmigrante.
La realidad es que los flujos migratorios abiertos por la guerra y las crisis que han golpeado a los países del África subsahariana, del Magreb o de Asia Central, han llevado a millones de personas a huir de la espantosa vida que las potencias imperialistas y las burguesías locales han creado en estas regiones del mundo. Desde la crisis de 2008-2012 y los conflictos bélicos que tuvieron lugar después de la llamada Primavera Árabe, países como Siria, Libia o Afganistán se han sumado a los que ya eran, hasta ese momento, exportadores netos de inmigrantes, dando lugar a una inmensa corriente humana que está trastocando la composición étnica, social y nacional tanto de los países emisores como de los receptores. Incluso se ha llegado al punto en que diferentes Estados, como Libia (en este caso, más bien, lo que queda de Libia después de la guerra civil), Marruecos o Turquía están convirtiéndose en estados-tapón que, en unos casos, a cambio de la financiación euro-americana, y en otros, permitiendo la proliferación de mafias esclavistas, se ocupan de impedir que todas las personas que tratan de alcanzar el «occidente civilizado» lo logren. En el capitalismo el comercio es ley y si se puede negociar con la miseria más espantosa y la muerte de millones de personas, siempre habrá emprendedores ávidos de beneficio que se encargarán de hacerlo.
Los millones de inmigrantes que han llegado en la última década, y que siguen haciéndolo, si cabe en mayor número, desde 2020, lo hacen a unos países donde el equilibrio social es cada vez más precario. De nuevo desde la crisis de 2008-2012, el malestar social ha ido en aumento. El paro a gran escala, los bajos salarios, unas condiciones de vida degradadas y, en general, un futuro muy incierto para toda la clase trabajadora de estos países, es ahora la tónica en países como España, Francia, Italia o Alemania que hace apenas veinte años presumían de haber hallado, para siempre, la senda del crecimiento económico indefinido y de la paz social garantizada. La situación en estos países no es explosiva. La clase proletaria, única capaz de llevar a cabo la lucha revolucionaria que posibilite la destrucción del mundo capitalista, parece debidamente embridada por las fuerzas políticas y sindicales del oportunismo, viejo – estalinista o postestalinista – o nuevo – cualquiera de los nuevos populismos que a izquierda y derecha llaman a la conciliación social. Pero esto no implica que la tensión social no vaya en aumento y que sus síntomas no sean visibles. Estas sociedades, como decimos, ya están muy lejos de aquellas que prometían paz y prosperidad incluso a los inmigrantes que buscaban asentarse en ellas: la distancia que media entre aquella época dorada de los 30 gloriosos de la reconstrucción post-bélica y el mundo actual es tan grande que se ha vuelto insalvable. Uno de los hechos que se pueden tomar como ejemplo para ilustrarlo es el crecimiento de la población. En un país como España, donde se alcanzan las tasas más altas de desempleo de toda el área europea, el crecimiento vegetativo, es decir la diferencia entre los nacimientos y las defunciones, ha sido negativo durante el periodo 2014-2024, alcanzándose el dato más bajo, -132.604 habitantes, en el último año del periodo. En una sociedad capitalista plenamente desarrollada, donde el proletariado es la clase más numerosa y donde, consecuentemente, las tendencias demográficas se explican por su evolución, que a su vez depende de las posibilidades de reproducción (reposición de la mano de obra) que permite el nivel salarial, esto significa que desaparece la mano de obra nacida dentro del país. Es decir, que el salario percibido, en términos medios, no es suficiente como para que buena parte de los proletarios puedan tener hijos. Es difícil encontrar mayor evidencia del malestar, del deterioro de las condiciones de vida, que se padece en la actualidad.
De hecho, en buena medida, es la inmigración la que genera una contra tendencia y evita que la mano de obra proletaria, disponible para ser explotada por la burguesía, desaparezca. En este sentido, la situación es evidente: ante la escasez de mano de obra que crean los bajos salarios, la propensión de estos a aumentar por falta de proletarios empleables se anula mediante la importación de trabajadores inmigrantes que contribuyen a mitigar esa escasez.
Hace dos años, el vicepresidente de la Comisión Europea e histórico militante del Partido Socialista, Miguel Borrell, definió a Europa como un vergel que había que defender frente al infierno que reinaba más allá de sus fronteras. Con esto trataba de poner su grano de arena para justificar la movilización bélica contra Rusia y el aumento del gasto en la industria militar, pero expresaba, más allá, una visión idílica de Europa que seguramente para la burguesía ha tenido algún sentido. Durante décadas, Europa y Estados Unidos se han caracterizado por albergar en su seno una especie de nuevo contrato social que mantenía la paz entre proletarios y burgueses. Después de la matanza de la Segunda Guerra Mundial, los inmensos beneficios que reportó la reconstrucción post-bélica permitieron a las burguesías nacionales, experimentadas con el ciclo revolucionario abierto por el fin de la Primera Guerra Mundial, poner en marcha una serie de mecanismos de amortiguación social (entre los cuales la sanidad, los subsidios a la pobreza y a la vejez, la educación, etc.) que atenuase la miseria obrera. Ayudadas por las fuerzas del oportunismo estalinista y socialdemócrata, interesadas ambas en lograr esa misma paz social, pudieron mantener durante décadas una política de colaboración entre clases (en la cual el proletariado se llevaba la peor parte, claro) que garantizó su dictadura incontestable en todos los países y un ciclo virtuoso en los negocios casi ininterrumpido durante 30 años.
Las crisis económicas sucesivas, aunque deterioraron considerablemente las condiciones de vida de los proletarios, no llegaron a romper del todo esta política de paz social garantizada: la burguesía y sus aliados supieron moderar el impacto en el sistema de garantías sociales, impusieron un divide y vencerás basado en otorgar un poco a algunos sectores proletarios a cambio de empobrecer a otros, etc. La gran inversión en paz social aumentó el ritmo de amortización, pero no se agotó. Todavía durante varias décadas después de la crisis de 1974 la acción combinada del oportunismo y las burguesías nacionales fue capaz de levantar un entramado jurídico, laboral, etc., que fragmentó al proletariado en miles de categorías diferentes, que exasperó las diferencias por origen, sexo, edad, etc., fragmentando con ello también su impulso a la lucha e imponiendo la política del sálvese quien pueda que reina desde entonces. De esta manera, la situación de los proletarios se ha ido volviendo más y más dura, pero la olla a presión que esto debería haber supuesto ha encontrado sus válvulas de escape… hasta el punto de que incluso la población ha empezado a desaparecer sin que reaparezca la lucha de clase.
En la actualidad cientos de miles de inmigrantes, que huyen del espanto de la guerra y el hambre, engrosan las filas del proletariado en Europa. Al hacerlo, cambian la fisionomía de las clases obreras locales, pero también su posición social relativa: el sistema de garantías sociales que rige para el proletariado autóctono no vale para el proletariado migrante, que no llega a percibir prácticamente nada de esas «ventajas», hoy reducidas casi a nada, con que la burguesía ha logrado mantener la paz social. Tampoco rige (aunque esto debe entenderse en términos relativos) el control asfixiante que las corrientes políticas y sindicales del oportunismo han logrado mantener sobre el proletariado. ¿Significa esto que los proletarios inmigrantes que hoy llenan los negocios de hostelería o que se ocupan en la construcción supongan la gran redención esperada por la clase proletaria internacional? En absoluto. Pero sí que su llegada a los países centrales del imperialismo añade un factor de desequilibrio y de tensión social a los ya existentes, porque con su presencia tienden a horadar las bases materiales del sistema de colaboración entre clases que se mantiene vivo en estos países. Engrosan la base proletaria más desposeída a la vez que, gracias a la compleja red jurídico legal que se ha tejido durante décadas, se colocan como una categoría más de las tantas en las que se trata de dividir a los proletarios. Y a esto se suma, como es natural, el racismo y la xenofobia abiertamente promovidos por la burguesía y la pequeña burguesía como reacción ante el miedo que les produce.
Por parte de la propaganda nacionalista y abiertamente racista, se apela a la imposibilidad de integrar a esos bárbaros, musulmanes (aunque el islam sea minoritario en una inmigración como la que se da en España), incapaces de integrarse y siempre propensos a la criminalidad.
Por parte de la propaganda «social», que parte del estalinismo clásico y sus satélites, los inmigrantes son pobres víctimas de una jugada maestra con la que se busca deprimir aún más las condiciones laborales de los proletarios nacionales.
Ambas consignas revelan la hipocresía de las clases burguesas y sus aliados, pero también la fuerza con la que aquellas están dispuestas a enfrentar a unos proletarios contra otros.
Es la propia burguesía la que crea la criminalidad, no sólo porque su sistema, levantado sobre la propiedad privada que reduce a la miseria a quien no logra vender su fuerza de trabajo, dé lugar al robo, la violencia, etc., sino porque las bandas criminales, igual que las sectas religiosas, que aparecen en el medio que genera la miseria, son su principal aliado, elementos, burgueses al fin y al cabo, con los que comerciar y a los que exigirles el control de las masas inmigrantes a cambio de algunas prebendas. Por otro lado, por supuesto que la inmigración deprime los salarios: pero esto es lo que busca la burguesía, tanto para mantener, desde el punto de vista económico, el beneficio que necesita en sus negocios, como, desde el punto de vista político, para agitar de nuevo la bandera de la colaboración entre clases, esta vez entre proletarios y burgueses nacionales contra la inmigración.
Sucesos como los de Badalona muestran cómo la burguesía utiliza todas estas maniobras -que tiene a su disposición- gracias a la colaboración que le ofrecen las corrientes anti proletarias de la izquierda socialista y estalinista. Golpeando a los inmigrantes, especialmente a los más vulnerables, trata de agitar la política nacionalista, chovinista y corporativista con el doble fin de aterrorizarles a ellos y buscar el apoyo de la clase obrera autóctona. Esa será la política de guerra entre clases que la burguesía y sus aliados piensan desplegar durante los próximos años.
Para los comunistas revolucionarios, que vemos en el incremento de la tensión social y en el debilitamiento de las condiciones políticas, sociales y económicas que han hecho posibles estas décadas de paz social, un hecho objetivamente favorable para la lucha de clase del proletariado, la única respuesta válida es la defensa de los intereses de clase tanto por parte de los proletarios inmigrantes como, y sobre todo, por parte de los proletarios autóctonos.
• ¡Contra el control de la inmigración, contra las políticas chovinistas!
• ¡Contra la discriminación y las expulsiones!
• ¡Por la libre circulación de los trabajadores migrantes!
• ¡Contra la colaboración de clases y la unidad nacional!
• ¡Por la unificación de todos los proletarios, por la defensa exclusiva de los intereses proletarios!
Partido Comunista Internacional
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