Ucrania

¡La guerra de expolio es la forma imperialista de repartirse el mundo!

(«El proletario»; N° 38; Abril de 2026 )

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En Ucrania, la invasión rusa del país, iniciada el 24 de febrero de 2022, ha sido la continuación de la política exterior de Moscú hacia el país vecino, en el que, desde el colapso de la URSS y la constitución de la República Independiente de Ucrania, siempre ha existido una lucha entre las facciones prorrusas y las facciones prooccidentales. Desde 2014, la situación se transformó en un conflicto interétnico tanto en Crimea, habitada por una mayoría étnica rusa, como en las regiones del Donbás, donde los rusos parlantes tienen una presencia significativa (en Donetsk, en particular, y en gran parte de Lugansk). La política de Kiev, tras la revuelta de Maidán (en 2014) y la destitución del presidente Yanukóvich (que había suspendido las negociaciones para la adhesión de Ucrania a la Unión Europea, tan deseadas por el movimiento prooccidental), respondía al objetivo de convertir a Ucrania en un país cultural y étnicamente homogéneo, por lo que las minorías rusas (y no hablamos de las minorías cosacas y tártaras) habrían tenido que someterse, abandonando cualquier aspiración de mantener sus tradiciones culturales de origen ruso y, naturalmente, la propia lengua rusa. Cuanto más resistían y se rebelaban las minorías rusas, más crecían la presión y la represión de Kiev, instigadas e impulsadas por la Unión Europea, Gran Bretaña y Estados Unidos. La demostración de que ninguna solución burguesa, ni democrática ni autoritaria, es capaz de resolver los fuertes contrastes que, a lo largo de los siglos, se han generado entre las naciones más fuertes y las más débiles, y de que la «solución» hacia la que empujan esos contrastes reside en la represión y el enfrentamiento armado, la dan esos territorios en los que la historia de los pueblos ha concentrado sus fricciones más agudas. Y Ucrania con el Donbás y Crimea hoy, como Serbia con Kosovo ayer y un mañana, por quedarnos en Europa del Este, podría ocurrir en los países bálticos donde existen fuertes minorías rusas (sobre todo en Estonia y Letonia), están ahí para recordarlo.

 

EL CAPITALISMO Y SU LEY DE DESARROLLO

 

El capitalismo y los regímenes burgueses erigidos sobre él han superado sin duda, gracias al desarrollo económico y a la formación de los mercados nacionales y de los respectivos Estados nacionales, muchas de las fragmentaciones que caracterizaban la época feudal, adaptando a las necesidades de los intercambios comerciales y de las relaciones entre las diversas comunidades que formaban la «nación» también el uso de una lengua común —por lo general la de la población más avanzada y más fuerte— que tuviera las características de uniformizar tanto las exigencias económicas de desarrollo como las exigencias legislativas y administrativas, de modo que a un único mercado nacional correspondieran una única moneda nacional, una única lengua, un único método e o de instrucción, etc., etc. Pero este desarrollo, sin duda revolucionario en comparación con las fragmentaciones y los compartimentos estancos de la época feudal, ha traído consigo no solo un desarrollo económico excepcional, sino también todas las contradicciones sociales y de clase que tal desarrollo (bajo la bandera de la «libre competencia») lleva en su seno. Así, los pueblos más fuertes se imponían a los más débiles, los Estados más fuertes a los más débiles, y las opresiones que caracterizaban la época feudal y las épocas anteriores adoptaban otras formas, desarrollando y extendiendo, sobre la base de un antagonismo de clase fundamental entre capital y trabajo, entre capitalistas y trabajadores asalariados, todo tipo de «competencia»: desde el racismo hasta el nacionalismo, desde la competencia profesional hasta la sexual, desde la cultural hasta la comercial.

La civilización burguesa y capitalista ha conllevado no solo el desarrollo técnico y tecnológico, productivo y distributivo, sino también toda forma de opresión que esos mismos avances exigían para que la parte más desarrollada, mejor equipada económica y técnicamente, se impusiera por la fuerza sobre todas las partes sociales menos desarrolladas.La competencia, en el régimen capitalista y burgués, no significa un desarrollo «libre» y «fraternal» de los métodos y medios de producción y distribución para que todas las partes sociales y todas las naciones alcancen un desarrollo homogéneo, superando así las fuertes desigualdades heredadas de las sociedades anteriores; significa desarrollo económico y social —y, por tanto, también político— como arma de prepotencia, de dominio, de conquista y de sometimiento de los competidores más débiles, menos desarrollados y, por tanto,atrasados. La competencia burguesa, a medida que se desarrolla el capitalismo nacional de cada país, se traslada cada vez más al plano internacional, obligando a cada capitalismo nacional, y por tanto a cada Estado nacional, a reforzar sus capacidades productivas, su iniciativa comercial y su fuerza militar para defenderse económicamente de todos los demás capitalismos nacionales. Las guerras comerciales, las guerras financieras y las guerras bélicas no son más que el desarrollo lógico de la competencia capitalista, no son más que la política exterior llevada a cabo con otros medios, con medios militares, de cada Estado, como decía von Clausewitz. Así, los Estados más fuertes, mejor equipados económica y militarmente, ante una competencia cada vez más intensa a nivel internacional, deben estar constantemente preparados para defender los intereses del capitalismo nacional del que son el máximo representante político, en todas las circunstancias: políticas, diplomáticas, comerciales, económicas, financieras y militares. La confrontación con los demás países, con los demás Estados, tarde o temprano se transforma en enfrentamiento, porque el interés capitalista de un país no se doblega, sin luchar, ante el interés capitalista de otro país más agresivo y quizá más fuerte, buscando alianzas con otros países con los que compartir, aunque sea temporalmente, el mismo interés contingente. 

 

CURSO DE COLISIÓN ANUNCIADO ENTRE UCRANIA Y RUSIA

 

Ucrania, una vez que el régimen de Moscú se derrumbó bajo los golpes de la crisis económica mundial y de la crisis política interna, no podía sino expresar con toda la fuerza de que disponía —como cualquier otro país capitalista— su propio interés nacional. Casi todos los países de Europa del Este del antiguo imperio soviético aprovecharon, empezando por Alemania, la debilidad real en la que había caído el régimen de Moscú y su imposibilidad de mantener el control sobre ellos, para situarse lo más rápidamente posible bajo el ala protectora del mayor competidor de Moscú, Occidente —ya sea en forma de la Unión Europea, ya sea en forma de la OTAN. Otros países, como Bielorrusia y Ucrania, donde la presencia de la etnia rusa es fuerte, constituían objetivamente para Moscú el último baluarte de protección de sus fronteras frente al avance irresistible de la OTAN y del Occidente euro-estadounidense. Bielorrusia, habitada en un 85 % por rusos y dependiente económica y financieramente de Moscú, estaba casi automáticamente afiliada a Rusia; pero Ucrania, por su historia, por su estructura industrial y por su propensión capitalista a convertir su economía y sus recursos mineros y agrícolas en una fuerza nacional por derecho propio, siempre ha aspirado a separar su futuro nacional de Moscú, aunque no necesariamente en contra de Moscú. Solo que los contrastes inter-imperialistas, sobre todo en el ámbito europeo, entre Rusia, la Unión Europea y los Estados Unidos, no podían dejar a los ucranianos la libertad de decidir sobre su propio futuro, como, por otra parte, tampoco han dejado a ningún otro país la «libertad de autodeterminación».

Desde 1991, año de su independencia de Moscú, tras una interminable serie de intentos por elegir gobiernos prooccidentales o prorrusos, y tras un largo período en el que la corrupción dominaba tanto en las esferas del poder como en los entresijos parlamentarios, se llega a febrero de 2014, cuando Yanukóvich, reelegido presidente y que tendía a una posición esencialmente «equidistante» entre Rusia y Occidente, tras las violentas manifestaciones en su contra que recibieron el nombre de Euromaidán, es derrocado y en Kiev se inicia un rumbo político guiado por la OTAN (y, por tanto, por Estados Unidos) y por la UE. Pero Rusia no se queda de brazos cruzados: la intervención rusa comienza en Crimea, donde la mayoría de los habitantes es de etnia rusa (y donde se encuentra la base naval de la flota militar rusa del Mar Negro); mediante un rápido referéndum popular, los habitantes de Crimea aceptan la anexión a Rusia, anexión que, naturalmente, no es ratificada ni por Kiev ni por los Estados occidentales y sus aliados. Poco después, se produce la declaración de separación de Ucrania de las dos repúblicas de Donetsk y Lugansk. Así comienza el enfrentamiento indirecto entre Rusia y Ucrania, situando en el centro de la guerra que se está gestando la situación en el Donbás. Los intentos llevados a cabo, en particular por Alemania y Francia, para «detener la guerra civil» en Ucrania e impedir la «escalada militar» (con los acuerdos de Minsk I, de 2014, y Minsk II, de 2015) resultarán, en muy poco tiempo, totalmente engañosos, ya que nada de lo escrito en esos acuerdos se pone en práctica ni por parte ucraniana ni por parte rusa. Serán la propia Angela Merkel, por parte de Alemania, y el presidente Hollande, por parte de Francia, quienes admitirán, años más tarde, que aquellas «negociaciones» solo sirvieron para dar tiempo a Ucrania a preparar su ejército para hacer frente a la probable guerra con Rusia que, tarde o temprano, estallaría (1).

En realidad, durante todos los años transcurridos desde los acuerdos, tanto formales como informales, alcanzados por Gorbachov en 1990 con Estados Unidos y Alemania —que excluían la expansión de la OTAN hacia el este, hasta las fronteras de Rusia—, la OTAN, y por ende Occidente, estos fueron incumplidos sistemáticamente. Por otra parte, ¿qué se podía esperar de potencias imperialistas en pleno apogeo frente a potencias debilitadas y en dificultades? Aunque esos acuerdos se hubieran firmado y refrendado en todos y cada uno de los puntos discutidos y acordados verbalmente, podrían haberse roto a la primera de cambio, como siempre ha ocurrido con los tratados entre potencias. ¿Queremos recordar, por poner un ejemplo clamoroso, el cambio de postura de Italia en la primera guerra imperialista mundial respecto a la Triple Alianza, cambio que se repitió durante la segunda guerra imperialista mundial respecto a la Alemania nazi? Es la conveniencia política y económica la que lleva a los Estados a ponerse de acuerdo un día con otros Estados para luego dar un giro de 180 grados y aliarse con aquellos que solo el día anterior eran enemigos. Por otra parte, la Alemania nazi, en la cual Ribbentrop acordó un pacto de hierro de no agresión y de reparto de Polonia con Molotov en agosto de 1939, rompió ese pacto en junio de 1941 con la repentina invasión de Rusia, en la estela de las grandes victorias en Europa occidental. Así, la Rusia estalinista pasó al bando contrario y se convirtió en uno de los aliados más importantes de los imperialistas occidentales euroamericanos contra Alemania y Japón.     

Lo que los rusos han denominado «operación militar especial», llevada a cabo en apoyo de las poblaciones de etnia y lengua rusas de Crimea y Donbás, es en realidad una guerra con la que Rusia pretende apoderarse de esas regiones tanto por motivos políticos y económicos como por razones de estrategia militar: se trataría de un territorio que, desde la región rusa de Rostov, se extendería sin interrupción por toda Crimea, controlando así todo el norte del mar Negro hasta el golfo de Odessa, que permanecería en manos de Ucrania. Es obvio que Ucrania no tenía ni tiene ninguna intención de perder estas regiones, que constituyen la parte más rica del país desde el punto de vista de las reservas mineras y de la salida al mar Negro. La guerra, por lo tanto, por parte de ambos, tiene razones capitalistas más que válidas, y el hecho de que lleve más de cuatro años demuestra que Ucrania, apoyada sobre todo por las potencias europeas y, hasta el final de la presidencia estadounidense de Biden, también por EE. UU., no cederá salvo ante un colapso financiero, político y económico de las potencias europeas aliadas. Estas últimas, por su parte, tras la retirada sustancial del apoyo de Washington a Kiev y las contradicciones políticas y económicas surgidas con la presidencia de Trump, deben decidir si asumen por completo la defensa de Ucrania y siguen utilizándola como ariete contra Rusia, con la esperanza de que la economía rusa —afectada por una serie continua de sanciones— acabe en graves dificultades, empujando así a Moscú a rebajar sus pretensiones y a negociar el fin de una guerra que hasta ahora ha provocado a su propio ejército cientos de miles de muertos y heridos y que podría, si se prolonga en el tiempo, dar lugar a nuevas tensiones sociales en el interior del país, como ya han dejado entrever las múltiples deserciones.

 

LA FUTURA «PAZ IMPERIALISTA» COMO TREGUA DE UN CONFLICTO NUNCA RESUELTO

 

Las potencias euro-occidentales nunca han propuesto ningún «plan de paz» ni «plan para poner fin a la guerra»: han seguido insistiendo en que había que apoyar a Ucrania hasta la victoria, obligando a Rusia a retirarse de los territorios ucranianos ocupados gracias a una contraofensiva ucraniana victoriosa, respaldada por ellas con decenas de miles de millones en armas y financiación. Que la perspectiva de una victoria ucraniana sobre Rusia no tiene futuro es lo que demuestra la propia realidad en el campo de batalla. Ni la contraofensiva de 2023, ni las incursiones de 2024 y 2025 han cambiado sustancialmente la situación; el 20% del territorio ucraniano —que corresponde a Crimea y al Donbás, ya bajo control ruso— ya ha sido conquistado por la parte rusa y Moscú no lo cederá por nada del mundo. Esta guerra recuerda a las anteriores guerras de conquista, con trincheras y territorios en los que actúan tropas físicamente presentes; no es una guerra que se pueda ganar solo con misiles y drones lanzados desde lejos o con bombardeos aéreos; como demuestra desde hace décadas Israel frente a Gaza y Cisjordania, Siria y el Líbano. Lo que constituye una debilidad sustancial del actual «frente euro-occidental» es el hecho de que la guerra en Ucrania cuenta exclusivamente con tropas ucranianas que se han visto obligadas a librar una guerra no solo en nombre del capitalismo nacional ucraniano, sino también de los intereses imperialistas de las potencias eurooccidentales y de Washington, mientras que su prolongación en el tiempo ha respondido sobre todo a los intereses de las potencias europeas occidentales. A ninguna potencia europea, y mucho menos a Estados Unidos, se le ha ocurrido jamás ir a «liberar a Ucrania» del invasor ruso con sus propias tropas. Es una guerra que Washington, por otra parte, ha considerado desde el principio como una ocasión para poner a prueba a sus aliados europeos lanzados contra el enemigo comercial ruso (al que sustraer los lucrativos comercios de petróleo, gas, fertilizantes, etc.), para verificar además sus puntos fuertes y débiles en términos tanto políticos como económicos y militares, y para aprovechar los contrastes políticos y económicos es que siempre han existido entre las grandes economías europeas, aunque ocultos tras acuerdos comerciales e institucionales «unionistas», acuerdos destinados a desmoronarse ante crisis de carácter internacional como las que se han producido en los últimos treinta y cinco años.

 

LA GUERRA EUROPEA, UNA OPCIÓN SIEMPRE ABIERTA

 

Con el colapso de la URSS y, por ende, del «dominio ruso-estadounidense» sobre Europa, la guerra se ha convertido también para Europa, y en Europa, en la cuestión fundamental, a partir de la guerra de Yugoslavia de los años noventa del siglo pasado. El desarrollo de los imperialismos europeos tras la guerra ha reforzado de hecho los intereses inmediatos europeos no solo dentro de Europa, sino también en todo el norte de África y en el Cercano y Medio Oriente, constituyendo así un área de contrastes mucho más amplia que la Europa entendida geográficamente; todo lo que ocurre en esta vasta zona concierne de cerca a todas las potencias europeas, y también a Rusia. Obviamente, dado que Estados Unidos, desde el final de la Segunda Guerra Imperialista Mundial, es el gendarme mundial del capitalismo imperialista, todo lo que ocurre en cualquier rincón del mundo les concierne, con mayor o menor importancia. Y, sin duda, todo lo que ocurre en Europa les concierne directamente, no solo porque en dos ocasiones fue en Europa donde estalló la guerra mundial, sino también porque la Europa capitalista constituye un polo imperialista de primera importancia en el que históricamente se formaron y desarrollaron las primeras grandes potencias mundiales, desde Inglaterra hasta Francia, pasando por Alemania y la propia Rusia.

El capitalismo se desarrolla, sin embargo, de manera desigual en el mundo, y en este proceso ha producido una miríada de países atrasados destinados a la colonización por parte de los países capitalistas más avanzados, pero también ha producido un ejemplo del capitalismo europeo desarrollado al otro lado del Atlántico, los Estados Unidos de América, que, en el transcurso de cincuenta años, se convirtieron, tras haber participado en las dos guerras imperialistas mundiales, en la mayor potencia del mundo, sustituyendo, con una fuerza muy superior, a la potencia mundial que fue Inglaterra en los siglos XVIII y XIX. El siglo XX fue, en definitiva, el siglo americano, pero no es seguro que el siglo XXI siga siendo «americano», porque en el horizonte la silueta de la potencia china se perfila cada vez con mayor claridad. El siglo XX podría haber sido el siglo de la gran revolución mundial del proletariado, que había iniciado su camino victorioso en la Rusia de 1917, en plena guerra imperialista mundial. Un camino interrumpido y, finalmente, hundido por la contrarrevolución burguesa, que nunca habría logrado su intento asesino si no hubiera contado con el apoyo de las fuerzas reaccionarias del oportunismo socialchovinista, que se aprovecharon de la intoxicación democrática y nacionalista de las masas proletarias europeas para desviar al movimiento proletario de clase del camino revolucionario, haciéndolo descarrilar dramáticamente. La fuerza de esa intoxicación fue tal que logró  infectar durante cien años al movimiento proletario mundial, en un primer momento con el mito del progreso democrático y del bienestar económico que solo la democracia burguesa podía garantizar, luego con el mito de la construcción del socialismo en un solo país teorizado por el estalinismo, que representó para las masas proletarias de todo el mundo una especie de falsa redención frente al imperialismo represor y belicista de marca euroamericana, y finalmente con el mito de la lucha contra el «totalitarismo», con el que la burguesía intenta restablecer el efecto alucinógeno que la democracia «antifascista» tuvo al llevar a las grandes masas proletarias a la enésima carnicería mundial entre 1939 y 1945. También la guerra en Ucrania ha sido la ocasión para renovar, por parte rusa, el mito de la guerra antinazi y, por parte ucraniana (y europea), el mito de la cruzada anti totalitaria; de hecho, ocultando, por parte de ambos, las causas reales de esta como de todas las demás guerras que han salpicado las últimas décadas: la lucha por la supremacía imperialista en todos los rincones del mundo, en Europa, en Oriente Medio, en el Pacífico, en África, en América Latina y, recientemente, también en el Ártico.        

La situación heredada del fin de la coexistencia ruso-estadounidense en Europa, del colapso del imperio soviético y de los efectos de las crisis económicas y financieras que se han sucedido, sobre todo tras la crisis mundial de 1975, está destinada, en cualquier caso, a cambiar con el tiempo, tanto en términos económicos como políticos. El capitalismo avanza en la historia desarrollando económicamente países que antes estaban atrasados, ampliando y fortaleciendo los mercados internos de los países avanzados y, inevitablemente, creando y desarrollando industrias y mercados donde antes no existían, salvo en formas primitivas. Los ejemplos de China, India, Indonesia, Brasil, México, Turquía, etc., etc., lo demuestran. Al mismo tiempo, el desarrollo capitalista trae consigo las contradicciones generadas por la competencia industrial, comercial y financiera que, a su vez, obliga a cada Estado a armarse hasta los dientes para defender sus intereses nacionales y sus relaciones internacionales. La guerra, por lo tanto, se convierte en una opción siempre sobre la mesa porque —en una situación general en la que las contradicciones entre Estados y entre polos financieros e imperialistas se agudizan cada vez más— la tendencia a imponerse a los competidores y a no dejarse dominar por ellos se convierte cada vez más en una cuestión «de vida o de muerte». La guerra, por otra parte, es, al mismo tiempo, un negocio de enorme envergadura; en un período histórico en el que las crisis de sobreproducción se suceden con una frecuencia acelerada en comparación con los siglos anteriores, la guerra es una de las «soluciones» —aunque no definitiva— que permite a los grandes trust, a los grandes monopolios y a los Estados que los representan y defienden en la guerra de competencia mundial, sobrevivir y acumular beneficios y poder financiero a un ritmo mucho más rápido que en situaciones de intercambios mercantiles pacíficos.

Ucrania y la guerra desatada en su territorio han representado, y representan, una de estas «soluciones»: han impulsado el rearme de todas las grandes potencias mundiales, han incrementado como nunca antes las ventas de armas y los beneficios correspondientes, han destruido y siguen destruyendo infraestructuras, medios de producción y productos de todo tipo —además, obviamente, de armamento de todo tipo que debe ser sustituido y renovado continuamente— sobre los que diseñar colosales planes de reconstrucción posguerra, dando así un respiro adicional a la maquinaria productiva capitalista, cada vez más agobiada. Pero la sed de beneficios y de valorización del capital es tal que una guerra local, por muy destructiva que sea y por muchos años que se prolongue, no basta. Si ampliamos la mirada al mundo, vemos que en todo el horizonte visible la guerra es la protagonista: desde Gaza y Cisjordania hasta Venezuela, desde Libia y Siria hasta Irán y los países del Golfo Pérsico, desde Sudán hasta el Congo, a la espera de que Cuba vuelva a ser, una vez más, objeto del interés de Washington.

 

COMO SIEMPRE, WASHINGTON JUEGA CON EUROPA COMO EL GATO CON EL RATÓN

 

Tras varios años y cientos de miles de muertos en ambos bandos de los países en conflicto, tanto en Ucrania como en Rusia surge la necesidad de poner fin a la guerra, tanto por motivos de política interna como por razones de relaciones internacionales. Washington, al pasar el testigo de los demócratas de Biden a los republicanos de Trump, ha cambiado de postura respecto a Ucrania, y esto se debe a que ha cambiado de postura respecto a los países europeos que, si bien son aliados —además, vinculados en la OTAN—, también son molestos competidores económicos y comerciales. La avalancha de aranceles que Trump ha descargado contra todos, empezando por Alemania y su industria automovilística, ha sido una señal del malestar comercial y económico de una América que sufre cada vez más por la competencia mundial de China, pero frente a la cual aún no está preparada para enfrentarse abiertamente, prefiriendo mientras tanto forzar la mano a sus aliados más cercanos, como los europeos occidentales, Canadá y México, para poder obligarlos mañana a compartir su propia guerra contra China, si es que este va a ser el gran enemigo a batir. Hoy, mientras tanto, los obliga a compartir su política antirrusa en el ámbito del suministro de petróleo y gas a precios enormemente más caros de lo que eran el petróleo y el gas rusos. Trump, al hacerse pasar por amigo de Putin y darle así a este la posibilidad de pasar por encima de los europeos alardeando del reconocimiento internacional por parte de Washington, en realidad está pisoteando duramente a sus propios aliados europeos, a quienes, mientras tanto, ha obligado a sufragar los gastos de la OTAN y de las bases estadounidenses en Europa, elevando la contribución financiera al 5 % del PIB de cada país miembro. Y, una vez más, la guerra en Ucrania vuelve a demostrar hasta qué punto la política exterior de Washington está totalmente desvinculada de la política exterior de la Unión Europea y de Gran Bretaña: se dirige directamente hacia un interés inmediato en sacar provecho del enfrentamiento entre Moscú y la Unión Europea/Gran Bretaña sobre la «cuestión de Ucrania» para sacar de esta guerra el mayor beneficio posible (en términos de negocios de reconstrucción, concesiones mineras, etc.), tratando a los aliados europeos como vasallos a los que mantener a la puerta mientras «negocia» el «alto el fuego» y el «fin de la guerra» directamente con Moscú. El propio Zelensky, a quien Trump ha tratado como un astuto charlatán, pero en quien no confía en absoluto, ha admitido en repetidas ocasiones que sin los EE.UU. —a pesar del apoyo continuo de los países europeos— no solo no puede continuar la guerra contra Rusia, sino que tampoco puede haber un acuerdo de «paz».

Como ya es evidente, el acuerdo de «paz» con Rusia se centra en tres cuestiones fundamentales: el territorio del Donbás y de Crimea, que ya son rusos, y sobre los que Rusia no cede; la exclusión de la adhesión de Ucrania a la OTAN; y la exclusión de tropas euro-estadounidenses en la línea de separación entre el Donbás y Crimea y el resto de Ucrania. De hecho, este panorama no es más que la «solución coreana» que anticipamos en el artículo de enero-febrero de 2023, «¿Ucrania, la Corea del siglo XXI?» (Il Comunista, n.º 176). En este artículo recordábamos una posición ya bien definida en 1950, en el artículo «Ni con Truman, ni con Stalin» (publicado en nuestro periódico de entonces «Battaglia Comunista», n.º 14, 12-26 de julio de 1950) y que vale la pena retomar aquí:

«En la historia de esta posguerra, que la demagogia pirata de las potencias vencedoras había anunciado como portadora de paz, prosperidad e igualdad, el conflicto estallado en Corea no es un hecho nuevo. En Alemania, en Grecia, en China, en Indonesia, en Vietnam, en Malasia, la paz democrática no ha sido en realidad más que la prolongación de una guerra en la que apenas cambiaban, de vez en cuando, los protagonistas. Ni podía ser de otra manera. Como confirmación aplastante del marxismo, los hechos están ahí para demostrar que la guerra no está ligada a la existencia de determinados regímenes políticos o a supuestos instintos belicosos de pueblos o razas, sino a las leyes inexorables del desarrollo del capitalismo.

«Ante el nuevo episodio del impulso internacional del imperialismo, y ante la propaganda falsificadora y envenenadora que ambas partes llevan a cabo entre las masas obreras, hay que reafirmar con absoluta firmeza la posición del marxismo revolucionario.

«El conflicto en curso, por muy localizado que esté geográficamente, tiene un carácter claramente internacional. Al igual que en los anteriores episodios bélicos de la «paz democrática», el choque no es entre fuerzas nacionales opuestas, sino entre los dos centros mundiales del imperialismo, Estados Unidos y Rusia, respecto a los cuales las naciones menores no son más que miserables e impotentes peones. Falsa, por tanto, la palabra de guerra de independencia, de liberación, de unidad nacional».

Falsas, por tanto, todas las justificaciones ideológicas y políticas que las burguesías de ambos bandos beligerantes han urdido para ennoblecer la carnicería que en toda guerra llevan a cabo. La llamada «soberanía nacional» que Ucrania quiere que se restablezca, al igual que cualquier otro país burgués, no es más que la línea de las fronteras de un territorio en el que la burguesía nacional impone su dominio de clase, explotando la mano de obra, los recursos y el medio ambiente natural con el único fin de enriquecerse, de valorizar sus capitales, de acumular beneficios y ventajas económicas y políticas frente a las burguesías competidoras. Le importa muy poco el bienestar de su propio pueblo y de sus masas trabajadoras, y en cualquier caso solo en la medida en que estos se sometan a sus exigencias de dominio de clase, incluso y sobre todo cuando dichas exigencias se presentan en forma de guerra; entonces, incluso formalmente, ya no existen la democracia, los derechos, la libertad de expresión y de ir a donde se quiera, la disidencia, la libre competencia, los debates parlamentarios, las elecciones; solo existe la ley marcial, la represión de toda disidencia o rebelión, ¡el deber de ofrecer la propia vida a la patria!

 

SE DESCUBRE LA VERDAD

 

Pero esta guerra, según algunas crónicas periodísticas, no solo los Estados Unidos sabían que iba a estallar —como reveló The Guardian en relación con una conversación mantenida entre Putin y Clinton en 2011 (2)—, sino que podría haber terminado inmediatamente después de la invasión rusa, entre finales de febrero y finales de marzo de 2022, dado que Zelenskyi y Putin habían acordado algunos puntos decisivos para poner fin a la guerra sobre la base de concesiones recíprocas: Ucrania se convertiría en un Estado permanentemente neutral y sin armas nucleares, renunciaría a la adhesión a la OTAN y a otras alianzas militares y no permitiría la presencia de otras alianzas militares en su territorio, mientras que Rusia no se opondría al acercamiento de Ucrania a la UE; Rusia se habría retirado del Donbás a cambio de una amplia autonomía de las dos regiones y habría negociado con Kiev la resolución de la cuestión de Crimea con garantías recíprocas de pacificación durante los siguientes 15 años (3). El asunto también se confirma en una entrevista concedida al medio ucraniano Strana por David Arakhamia, líder del partido de Zelenskyi «Siervo del Pueblo», en marzo de 2022 (4), entrevista en la que afirmó que Boris Johnson, por entonces primer ministro británico, se apresuró a ir a Kiev y le dijo a Zelensky: «¡No firmaremos absolutamente nada con ellos, simplemente luchemos!». Por otra parte, cualquier tratado entre Rusia y Ucrania habría tenido que ser refrendado también por los países del Consejo de Seguridad de la ONU y aquel día era evidente que Boris Johnson hablaba también en nombre de Estados Unidos. ¡Luchemos y ya está! En realidad, solo los ucranianos debían derramar su sangre por los intereses imperialistas y es de los países de la OTAN, empezando por Estados Unidos, porque nunca se habría enviado a ningún soldado a Ucrania a luchar contra los rusos. Y así, la guerra que los grandes políticos del Occidente tan civilizado y tan bien armado observaban desde sus sillones en los mapas de Europa, avanzaba con el tiempo acumulando destrucción y muerte sin ningún plan estratégico para ponerle fin, salvo el de intentar agotar al ejército ruso y debilitar la economía rusa aumentando las sanciones contra Moscú, ofreciendo para el banquete final un reparto de los negocios mutuos a costa, por parte occidental, de la sangre ucraniana y, por parte de Rusia, de la sangre de sus propios soldados y de aquellos que sus aliados de confianza, como Corea del Norte, estaban dispuestos a sacrificar para participar en la guerra de expolio en curso.

Al drama de la matanza que esta guerra ha provocado y sigue provocando se suma otro: ¡la ausencia del proletariado y de su lucha de clases contra las respectivas burguesías y, por tanto, contra su guerra! Una ausencia que no se debe a la indiferencia hacia los fines de esta guerra y que, solo en parte, depende de la ilusión de tener que luchar en defensa de la propia «patria» porque se está cegado por un nacionalismo venenoso. Sufre décadas de intoxicación nacionalista y patriótica, poco importa si inyectada por regímenes democráticos o autoritarios —aunque todas las democracias imperialistas no son más que autoritarismos camuflados bajo los velos cada vez más finos de una democracia que ya no existe desde hace más de cien años. Es de esta intoxicación de la que deben salir las masas proletarias de Ucrania, Rusia y cualquier otro país, pero para que eso ocurra se necesitará inevitablemente una sacudida social de gran alcance, tal vez en países vecinos que no se hayan precipitado directamente en el agujero negro de una guerra devastadora. Si un despertar de clase de este tipo no se produce antes de la tercera guerra mundial, cabe esperar que se produzca durante su desarrollo, como ya ocurrió en 1871 con la Comuna de París y en 1917 con la revolución proletaria en Rusia. Los comunistas revolucionarios de hoy, aunque reducidos a un puñado de militantes, trabajan con la certeza de un futuro desastroso para el capitalismo mundial, previsto científicamente por el marxismo en un curso histórico que no responde a los deseos de tal o cual pueblo, de tal o cual país, de tal o cual líder, sino a la acumulación objetiva de contradicciones económicas, sociales y políticas de las que el capitalismo, en su desarrollo, es portador inconsciente; contradicciones que empujarán a las masas proletarias instintivamente a acumular su energía social y a lanzarse contra el orden establecido con una fuerza histórica que no ha tenido parangón en los siglos anteriores. La era geohistórica del capitalismo ha tenido un desarrollo excepcional, llevando al mundo a un punto tal que el capitalismo, tras haber exaltado las masas de las fuerzas productivas, su acumulación y su concentración cada vez mayor, tendrá que hacer frente a la poderosa reacción antagónica representada por la clase proletaria internacional. El capitalismo se ha impuesto y desarrollado gracias a la división de la sociedad en clases, y en particular al antagonismo entre la clase dominante burguesa y la clase dominada proletaria. El equilibrio que permite al capitalismo acumularse y concentrarse cada vez más se romperá inexorablemente por el propio desarrollo del potencial productivo y económico general, abriendo una fase histórica explosiva y revolucionaria. Pues bien, seguros de que esa fase histórica se abrirá en algún momento, los marxistas revolucionarios, al constituir el partido de clase sobre las bases fundamentales del socialismo científico, han previsto y prevén que en esa fase las formas de producción existentes, las formas capitalistas y burguesas de producción se harán añicos, al no poder resistir ya la extraordinaria presión de los antagonismos de clase, cediendo dialécticamente el paso a un nuevo sistema social de producción, a una nueva sociedad que no podrá ser otra cosa que el comunismo, la sociedad sin clases, la sociedad de la especie. Entonces, la sociedad en su conjunto superará finalmente los largos milenios de prehistoria, de deshumanización, para convertirse no en una, sino en la sociedad humana en la que las guerras, las opresiones, las desigualdades, con sus mistificaciones democráticas, religiosas e individualistas, acabarán en el basurero de la historia.     

 


 

(1) https://www.zeit.de/2022/53/angela-merkel-russland-krieg-wladimir-putin; https://kyivindependent.com/hollande-there-will-only-be-a-way-out-of-the-conflict-when-russia-fails-on-the-ground/

(2) Véase https://www.agi.it/estero/news/2023-05-08/ucraina_clinton_usa_sapevano_attacco_ putin. 21283446/

(3) Véase htpps://www.ilgiornaleditalia-it/news/esteri/640138/guerra-russia-ucraina-perche-falli-il-negoziato-nel-2022-putin-era-pronto-a-concessioni-per.kiev-le-trattative-di-pace-saltate-a-istanbul.html

(4) Véase https://www.piccolenote.it/mondo/quando-boris-johnson-uccise-pace-ucraina

      

13 de marzo de 2026

 

 

Partido Comunista Internacional

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