El movimiento proletario latinoamericano, eslabón inseparable del movimiento proletario internacional

(«El proletario»; N° 38; Abril de 2026 )

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Reproducimos a continuación un artículo aparecido en El Proletario, órgano del Partido Comunista Internacional para América Latina, número 11, mayo-agosto de 1981.

Se trata de un texto que plantea los términos generales en los que debe producirse la reanudación de la lucha de clase en el área latinoamericana (que abarca desde la Patagonia hasta el sur de los Estados Unidos, componiendo una región histórica y socialmente homogénea). En 1981, cuando se publicó por primera vez, la situación era muy diferente a la actual. Por un lado, todavía podía esperarse un auge de la lucha clasista del proletariado, siquiera sobre el terreno inmediato, en un futuro cercano. Por otro lado, nuestro partido, pese a sus modestas fuerzas numéricas, mantenía cierta implantación política sobre el terreno.

Han pasado cuatro décadas desde entonces. Evidentemente las expectativas más optimistas acerca de una posible reanudación de la lucha de clase, no se han cumplido y, además, la crisis de 1982-84 en nuestro partido nos privó de buena parte de la base existente en la región. Pero pese a ello, las fuerzas del proletariado latinoamericano, ahora extendido también por Europa y en más amplias regiones de Estados Unidos, han aumentado en términos objetivos. Es por ello que un texto como el que ahora volvemos a publicar, que sintetiza el balance histórico de las luchas de esta clase proletaria explotada y oprimida como la que más, no ha perdido ni un ápice de su valor.

 

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«Espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a sus productos, la burguesía invade eI mundo entero. Necesita establecerse por doquier, explotar por doquier, crear vínculos por doquier. Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía da un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Con gran lamento de los reaccionarios, ha quitado a la industria su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las naciones civilizadas. En lugar del antiguo aislamiento de las regiones y naciones que se bastaban a sí mismas, ·se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones. [...] obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a adoptar el modo burgués de producción, las constriñe a introducir la llamada civilización, es decir, a hacerse burgueses. En una palabra: se forja un mundo a su imagen y semejanza».

 

Así escribían Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, hace 133 años. Al modelar el mundo «a su imagen y semejanza», el capitalismo unifica y hace homogéneas las condiciones sociales de los centenares de millones de proletarios de todos los continentes, sometiéndolos a las mismísimas leyes de reproducción del Capital, las que tienen los mismísimos efectos por todas las latitudes y longitudes.

A esta naturaleza internacional de la clase, materialmente determinada, corresponde un programa internacional único para las clases obreras de todos los países. El Manifiesto así lo resume: «constitución de los proletarios en clase, derrocamiento de la dominación burguesa, conquista del poder político por el proletariado», a fin de «arrancar poco a poco todo el capital a la burguesía, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado en clase dominante»; y esto «naturalmente, sólo podrá realizarse al principio por una violación despótica del derecho de propiedad y de las relaciones de producción burguesas».

Este programa internacional único fruto de «concepciones teóricas que no se basan en modo alguno en ideas ni principios inventados o descubiertos por este o aquel reformador del mundo», si no que «no son más que la expresión general de las condiciones reales de una lucha de clases existente, de un movimiento histórico que se desarrolla ante nuestros ojos», es el programa de la revolución proletaria mundial.

 

La homogenización de las condiciones materiales a escala internacional por el capitalismo da lugar asimismo a una homogeneización del curso del movimiento proletario, también internacional por su desarrollo. El capitalismo, al internacionalizar· sus relaciones económicas y sociales de producción, vuelve igualmente internacional la lucha de clases.

Toda la historia moderna prueba que el curso histórico del movimiento obrero está determinado a escala  internacional, por los grandes acontecimientos de la lucha de clases mundial, y ello no obstante sus diferentes grados de madurez política e histórica en las diferentes áreas.

El movimiento proletario en Rusia nace como prolongación del movimiento proletario europeo, y su victoria revolucionaria no sólo desencadena la ola revolucionaria europea en la primera postguerra, sino también el despertar de un movimiento obrero independiente en el Oriente.

El movimiento proletario en Latinoamérica siempre estuvo íntimamente ligado a las vicisitudes del movimiento obrero internacional. Históricamente, ha surgido como una verdadera prolongación física del proletariado europeo: fueron los inmigrantes los que dieron a luz a la clase y al movimiento obreros en América Latina. Y trasplantaron con ellos, del Viejo al Nuevo Mundo, las tradiciones y corrientes políticas que imperaban allí, es decir, las tradiciones socialistas, anarquistas y sindicalistas. Y, como en Europa, han sido protagonistas de memorables batallas clasistas, habiendo creado así mismo las primeras organizaciones obreras importantes, en los moldes de los partidos, sindicatos y cooperativas europeos.

La guerra imperialista y la Revolución de Octubre   tuvieron sobre el movimiento obrero latinoamericano efectos análogos a los que se verificaron por doquier, Precipitando a los países del subcontinente en una tremenda crisis, la guerra dio impulso a una oleada de luchas obreras, mientras el formidable magnetismo del Octubre Rojo provocó la polarización del movimiento polí tico y la formación de partidos comunistas en los principales países (Argentina, 1920; Chile, 1922; Uruguay, 1920; Brasil, 1922; México, 1919).

Sin embargo, naciendo de un movimiento social y político «atrasado», a imagen de las condiciones sociales y políticas del subcontinente, estos partidos se formaron sobre bases doctrinales más que confusas. Dados a  luz por el movimiento internacional de la clase obrera revolucionaria, sólo hubieran podido convertirse en guías de los destacamentos proletarios latinoamericanos si una labor tenaz y profunda de educación política, llevada a cabo por el centro dirigente de la Internacional Comunista, que al contacto con las corrientes de alta tensión histórica que recorrían el mundo capitalista, operara en ellos una verdadera purga ideológica y política. Del mismo modo que el movimiento obrero espontáneo de América Latina había sido radicalizado por el movimiento obrero revolucionario de Rusia y Europa, también la consolidación de un movimiento comunista en Latinoamérica estaba íntimamente ligada a la afirmación del comunismo revolucionario, restaurado por Lenin y  la IC, en el movimiento obrero de las metrópolis imperialistas de Europa y América. Sin embargo, es te último fue aniquilado, como fuerza de clase, por la contrarrevolución estalinista.

 

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Hace 55 años se reunía en Moscú (febrero-marzo de 1926) el VI Ejecutivo Ampliado de la Internacional Comunista, en el que se entronizó la teoría del «socialismo en un solo país» que marca un trágico viraje para el movimiento obrero revolucionario mundial. Su proclamación representaba, en efecto, la renegación del internacionalismo proletario, uno de los pilares de principio que habían hecho posible su reconstitución, en 1919-20, con la fundación de la Tercera Internacional, sobre bases sólidamente marxistas, tras la vergonzosa bancarrota de la Segunda Internacional, arrastrada por el reformismo socialdemócrata hacia el pantano de la colaboración de clases y de la contrarrevolución.

Al pretender que se podría «construir el socialismo» en Rusia independientemente del éxito victorioso de la revolución proletaria mundial, o sea, al abrir las «vías nacionales al socialismo», en realidad se abrió el camino a la afirmación de la más profunda y catastrófica de  las degeneraciones que el movimiento proletario haya sufrido jamás, expresión de la gangrena del partido ruso por las fuerzas políticas y sociales burguesas que despuntaban del subsuelo económico de una Rusia liberada de las trabas feudales y que cobraban vigor a medida que el movimiento comunista refluía en Occidente , esta teoría fue, dialécticamente, la premisa teórica que permitió que aquellas fuerzas, encarnadas en el estalinismo, transformaran al Estado ruso (tras haber diezmado el partido bolchevique) en un instrumento de la acumulación capitalista en Rusia, es decir, de su desarrollo nacional-burgués. A su vez, la Internacional y el movimiento obrero mundial fueron puestos al servicio de la política nacional-burguesa del Estado ruso.

En este medio siglo, las sucesivas generaciones obreras han sido educadas en un espíritu y una visión estrechamente nacionales de su lucha (e incluso de su revolución). Por una parte, el infame «internacionalismo» estalinista no era sino la adhesión a las «razones de Estado» de Rusia; por otra, habiendo ya renegado de todo principio revolucionario, y hundidos hasta el cuello en la colaboración de clases y en las «vías nacionales al socialismo», que no son sino  la vía única del parlamentarismo y del reformismo, los PC oficiales adhirieron a los principios del nacionalismo y de la «defensa de la patria» en el curso de la II guerra imperialista, en tanto que los estalinistas latinoamericanos, tras haber dado su apoyo al bloque de los Aliados (entre los cuales estaban los EE.UU. e Inglaterra, que eran los imperialismos dominantes en la región) quedaron reducidos a no ser sino los cornudos de las burguesías latinoamericanas.

Esta degeneración de los partidos nacional-comunistas permitió que las burguesías latinoamericanas destruyeran sin mayores dificultades al viejo movimiento sindical clasista e integraran (con el peronismo, el gertulismo y otros populismos) al proletariado en su política y en sus aparatos sindicales ligados al Estado capitalista.

Mientras la clase obrera europea era supeditada a un nuevo ciclo de acumulación capitalista tras la II guerra imperialista, el movimiento obrero latinoamericano, desprovisto de vanguardias de clase, fue a su vez disuelto en el movimiento nacional reformista burgués, directamente a través de partidos burgueses (como en Brasil, Argentina o México o a través de los partidos «obreros» pequeñoburgueses, como en Chile)

El proletariado latinoamericano, no menos que el proletariado de los otros continentes, ha sido en el curso de las cinco últimas décadas el gran ausente de la arena política en cuanto fuerza autónoma de clase.

Al reconstituirse tras la IIª guerra, nuestro partido mostró que la reanudación del movimiento obrero revolucionario tenía como condición objetiva la eclosión de una nueva crisis general del capitalismo. La previsión hoy se confirma. Impulsada por la crisis, la clase obrera está empezando a moverse a escala internacional. Las luchas que han inflamado a Latinoamérica en estos últimos años (Perú, Brasil, Argentina, Colombia, etc.) son un aspecto de este renacimiento de su lucha internacional.

Su carácter internacional ha sido enormemente potenciado a su vez en el último cuarto de siglo por la vertiginosa industrialización que creó en todos los continentes un numeroso proletariado moderno, unificando tendencialmente sus condiciones de vida a imagen de la unificación del capitalismo que estrecha y amplía la cerradísima trama del mercado mundial.

El movimiento obrero en Latinoamérica se manifiesta, pues, hoy más que nunca, como un componente de este movimiento internacional, siendo determinado como éste por las mismas consecuencias de la crisis general capitalista. Enfrentándose a los mismos adversarios, las burguesías locales coaligadas bajo la égida del capital financiero y del militarismo imperialista, y a los agentes estalinistas, socialdemócratas, laboristas,  etc. de la burguesía en su seno, el movimiento obrero presenta hoy una alta uniformidad mundial de sus condiciones políticas que plantea por doquier las mismas exigencias y tareas esenciales: reconstruir su órgano internacional de clase, el partido comunista mundial, instrumento indispensable para volver al movimiento objetivamente sin fronteras de la clase obrera de todos los países una fuerza política que actúe de modo unitario, centraliza do y disciplinado internacionalmente, a fin  de destruir la constelación de todos los actuales Estados del mundo, bastiones de su opresión y explotación, e instaurar su propia dictadura de clase; reconstruir el asociacionismo obrero, es decir, su organización inmediata sobre bases de clase para hacer frente a la ofensiva generalizada del capitalismo, creando así no sólo un centro de defensa obrera, sino también una palanca poderosa de la movilización revolucionaria de las masas proletarias.  

 

 

Partido Comunista Internacional

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