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Ratko Mladić ha fallecido

 

 

El pasado 27 de agosto, a los 84 años, tras sufrir una serie de infartos, este «supercarnicero» de Bosnia, que cumplía la pena de cadena perpetua impuesta por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (institución de las Naciones Unidas con sede en La Haya que se ocupó de los crímenes de guerra en Yugoslavia), dejó de respirar.

Mladić fue comandante general del ejército serbobosnio en la época de las guerras yugoslavas, que se prolongaron desde 1991 hasta 1999, en las que las distintas repúblicas federadas de la Yugoslavia de Tito se independizaron; entre 1992 y 1994, Bosnia y Herzegovina fue escenario de una guerra devastadora en la que se perpetró el genocidio de Srebrenica, en el que unos 10.000 bosnios musulmanes (hombres, mujeres y niños) fueron masacrados sin piedad en una operación de limpieza étnica preparada desde hacía tiempo en el seno del nacionalismo serbio. El «Corriere della Sera», treinta años después, ha recordado aquel exterminio llevado a cabo ante los ojos de los cascos azules, que tenían la misión de proteger a la población musulmana (1). En Bosnia vivían más de un millón de serbios bosnios que, en su mayoría, parecían querer seguir vinculados a Serbia. En el caos de la desintegración yugoslava, y frente a la influencia euroamericana que apoyaba la independencia de las distintas repúblicas ex yugoslavas con fines antirrusos, los nacionalistas serbobosnios encontraron en Slobodan Miloševic al presidente serbio que pretendía eliminar a los musulmanes para repartirse Bosnia con la Croacia presidida por Franjo Tudman; en Radovan Karadžic, al ideólogo del nacionalismo extremo serbobosnio; y en Ratko Mladić, al comandante militar dispuesto a organizar un ejército de carniceros para limpiar el territorio habitado por los serbobosnios de todos los bosnios y musulmanes existentes. Y, mientras Croacia se constituía como Estado independiente, en Bosnia-Herzegovina estallaba una guerra interna que enfrentaba simultáneamente a croatas contra serbios y bosnios, a serbios contra croatas y bosnios, y a los bosnios atrapados entre dos fuegos; por parte serbia se constituyó la República Srpska, que miraba hacia Moscú alejándose claramente de Occidente y, al mismo tiempo, la Krajina croata expulsaba a la minoría serbia del territorio en el que había vivido durante siglos. En el marco de la desintegración de Yugoslavia, los territorios —sobre todo de Bosnia y Herzegovina y del sur de Croacia—, en los que convivían diversas etnias que luchaban entre sí por el control de un campo, un pueblo, un río o un acceso al mar, eran el escenario en el que las guerras entre ellas estaban siempre a punto de estallar. En aquellos años, sobre todo entre 1992 y 1995, las matanzas, las masacres, hasta el genocidio de Srebrenica, constituyeron no tanto una serie de hechos limitados a esos territorios y debidos a la barbarie de las poblaciones eslavas (como a menudo se ha oído decir), sino un escenario en el que las potencias imperialistas europeas, junto con Rusia y Estados Unidos entre bastidores, llevaban años avivando el conflicto con el objetivo de desintegrar Yugoslavia y hacerse, a cualquier precio, con territorios económicos en los que establecer su dominio. Estos intereses imperialistas quedaban enmascarados por una propaganda que esgrimía palabras como democracia liberal, libre autodeterminación de los pueblos, libre desarrollo del comercio y del mercado laboral, independencia política, etc., cuando en realidad se trataba de sustraer el mayor número posible de territorios de la antigua Yugoslavia a la influencia del imperialismo ruso, incluso a costa de masacres y barbaries genocidas contra las cuales los defensores de las grandes masacres bélicas a escala mundial se permitían el lujo de montar juicios «por crímenes de guerra» (al estilo de «Nuremberg») contra Mladic, Karadžić y Milošević, ante cuyas acciones bárbaras habían mirado para otro lado.

Ha causado gran revuelo que el actual Gobierno serbio haya decidido honrar al general Ratko Mladic con un funeral de Estado, otorgando a este personaje el máximo reconocimiento que un Estado puede expresar hacia uno de sus representantes fallecidos. Pero no es de extrañar. Toda burguesía, desde siempre, ha rendido los mayores honores a quienes han actuado, incluso de la forma más bárbara y violenta, en defensa de «la patria», en defensa del honor nacional y de los intereses específicos de la nación. Las mismas autoridades, los mismos altos representantes de gobiernos y Estados que han acusado al Gobierno serbio de glorificar a Ratko Mladić, pero a quienes nadie se ha atrevido jamás a detener ni durante el asedio de Sarajevo ni durante el exterminio de Srebrenica, son los mismos que cierran los ojos, es más, apoyan y justifican a un Netanyahu mientras este extermina desde hace años a la población palestina. Están los mandantes y están los sicarios, los ejecutores: está más que claro que los sicarios, los ejecutores, son los que, tarde o temprano, pueden pagar personalmente por los crímenes cometidos, al igual que está más que claro que los mandantes, normalmente bien ocultos y protegidos, nunca pagan por esos crímenes, sino que son los que luego se llevan los honores por haber perseguido y encarcelado a los sicarios que se han «ensuciado las manos». Aunque muera un Mladic, surgirá otro y otro más, porque los mandantes son siempre los mismos: los políticos burgueses e imperialistas que operan en las trastiendas, siempre dispuestos a aprovecharse de los puntos débiles de sus adversarios, siempre dispuestos a eliminar los obstáculos que se interponen en sus negocios y sus intereses, obstáculos que pueden ser leyes, instituciones, empresas, fronteras, personas o pueblos enteros.

 


 

(1) Véase: https://www.msn.com/it/crimine/generale/srebrenica-storia-di-una-strage-10mila-morti-in-8-giorni-mladic-fece-stuprare-le-bimbe-bosniache-prima-di-sgozzarle/ar-AA2b5dMw

 

9 de septiembre de 2026

 

 

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